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Olga Bernad, Andábata, Paréntesis Editorial, Sevilla, 2010.
 | | Andábata, de Olga Bernad | En los denominados Estados superdesarrollados, la juventud dura mucho, alcanza edades que, en otros lugares del mundo, ya son signo de madurez. Pero esto no ha sido así siempre. En España, sin ir más lejos, nadie hubiera dicho hace unos cuarenta años, que una mujer a punto de cumplir los treinta era una chica joven. Esta juventud tardía y marchita que vivimos en esta parte del mundo, tiene mucho de agonía que se alarga artificialmente, es como una enfermedad mal disimulada, oculta detrás de los fármacos y del maquillaje.
La protagonista de la novela de Olga Bernad se llama Marta y está cerca de cumplir los treinta. Vive en España en una ciudad que si bien no se menciona, apenas se oculta por unas calles, mencionadas a veces, y su Basílica citada en una ocasión. Marta sigue siendo joven no tanto por vocación propia, como por las exigencias del guión, y es que la vida que se le ofrece no puede tomarse en serio. La novela está escrita en primera persona, y se articula a través de las meditaciones de Marta, de sus sentimientos y reflexiones. Estas meditaciones permiten contemplar las diversas situaciones y personajes que deambulan por la vida de Marta durante algunas semanas o meses. De las meditaciones de Marta se pasa, en ocasiones, a unos diálogos que constituyen uno de los pilares más notables de la novela. La autora no necesita de ningún autor omnisciente que describa y prologue, para que veamos a sus personajes con una nitidez asombrosa. Y los vemos simplemente porque hablan. En este punto, Olga Bernad es, sencillamente, brillante. La novela se articula en capítulos muy cortos, cada uno de los cuales va dando paso a diversas facetas de la vida de Marta: su delirante trabajo de secretaria para todo; sus patéticas dificultades para obtener el carnet de conducir; la relación con Álvaro, su pareja (esa tabla a la que agarrarse tras el naufragio); la amistad con Carmen, que es como volver a ser lo que éramos diez años antes…; y Pablo, el amor más o menos platónico de la oficina. A una edad en la que debería llegar ese porvenir soñado desde niña, lo que la vida le depara a Marta es casi nada, y no es que sea muy ambiciosa, ella dice que “sólo quiero vivir bien. Sólo quisiera trabajar sin que me tomaran excesivamente el pelo, amar sin remordimientos, comer sin engordar, ser escandalosamente joven otra vez, tener dinero suficiente como para no perder el tiempo pensando en el dinero, los pajaritos cantan, las nubes se levantan…”, (página 137); y es que Marta sigue siendo joven, porque sigue creyendo en el futuro, en el porvenir, aunque lo hace porque no le queda otro remedio, porque no puede aceptar que eso que le rodea es ya el futuro, que el porvenir ha llegado. No es fácil lograr que una novela construida sobre las meditaciones de la protagonista expuestas en primera persona, no se aleje de la realidad y termine dando lugar a un tipo de narrativa intimista, más o menos poética y siempre al margen de lo que supone contar una historia. Aquí no sucede eso, las meditaciones de Marta tienen lugar al tiempo que le suceden diversas cosas, y nosotros sabemos de esas situaciones a través de la mirada de Marta y de su humor, sobre todo de su humor. Quizás el capítulo más brillante de la novela sea el XIX: allí sabemos lo que fue de Marta al día siguiente de despedirse del trabajo. El capítulo es un compendio de las mejores virtudes de la novela: los diálogos nos dejan ver con una claridad portentosa a la madre de Marta, a su padre, a su hermano, a su pareja; y el humor es la única manera que tiene Marta para sobrevivir a ese porvenir que ya llega, pero que ella no acepta como tal: antes de aceptar eso como futuro, Marta prefiere seguir siendo joven, se despide del trabajo, se va con su amiga Carmen, se ríe, sobre todo se ríe. En su nueva vida de parada Marta dice que vuelve a escribir, como hacía antes, y eso conduce a una tímida modificación en la técnica narrativa, que se hace ostensible en el capítulo XXV, dado que las meditaciones de Marta comienzan a alejarse de la acción y argumento de la novela. Marta ya no piensa y siente en presente continuo al mismo tiempo que le suceden diversas cosas; ahora escribe con más altura teórica acerca de lo que le ha sucedido en el pasado (“Debería intentar redactar lo que me pasó ayer…”, página 185); además, se observa otro cambio, Marta ha perdido el humor, quizás porque haya perdido, también, la batalla. Ahora escribe con tristeza. La imagen del epílogo es bellísima. El Andábata era ese gladiador que peleaba a ciegas, que luchaba a ciegas contra eso que le hería y no podía ver. “Su esperanza de vida no alcanzaba los treinta años”. Una novela que nos ayuda a recordar aquello que fuimos, cuando aún éramos jóvenes.
José María Pérez Collados
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Leer más sobre la escritora Olga Bernad: http://cariciasperplejas.blogspot.com/ |