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Written by Juan Ignacio Guglieri
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Sunday, 25 July 2010 19:11 |
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¿Por qué será que cada vez que “Yareah” propone un tema, sobre el que escribir, lo primero que viene a la cabeza es una serie de secuencias cinematográficas?. Será síntoma de una vieja afición al séptimo arte. Puede que todo se quede en chocheces de un columnista aburrido. La “Música y la vida” trae a la memoria las emociones vividas en las audiciones en directo de música sinfónica.
Porque la música mueve los ánimos. Lo de mover el ánimo es una antigua pretensión. Los rétores clásicos desarrollaron toda una técnica y un arte para ello, la retórica y la oratoria: se lograba mediante la palabra, y así convencían de lo que querían. Se puede hasta engañar a la gente, cosa que ocurre con harta frecuencia. Hay técnicas y artes de doble filo. La música parece noble en sí misma, pero también enardece y la exaltación no siempre es buena. Pero ahora es mejor referirse a la conmoción que hace sentirse grandes a los espíritus, sobre todo si se unen música y palabra. Recuérdese el “Coro de los esclavos” de “Nabucco”. Los italianos lo entonaban como canto patriótico y de unidad en los lejanos tiempos de Verdi. Y aquí entra el cine. Ved a Sissi accediendo a un palco real en Italia del brazo de su apuesto emperador. El público recibió a los austríacos al son del “Coro de los esclavos” , “oh mia patria, sì bella e perduta…” La gente estaba compinchada con la orquesta. Eran pajes, sirvientes, ayudas de cámara de la nobleza, que había hecho este uso de sus invitaciones para infligir tal afrenta al Imperio Austro-Húngaro. La compostura de Romy Shneider y Karlheinz Böhm desarboló a la sencilla gente del pueblo. Hay que declarar gran afición a la escena en la que Errol Flynn, como el general Custer, saluda en “Murieron con las botas puestas” a un oficial de origen irlandés, del que recordaba el tarareo de una pegadiza marcha de caballería. Puesto al piano, el del monóculo (así se subraya la caballerosidad del caballero) acometió los compases de lo que fue el célebre “Garry Owen” del séptimo de caballería. Como para salir a la calle y montar el primer caballo que pase. Marcha que se presta como pocas a ser silbada. Pero para silbidos geniales el del andrajoso desfile de los prisioneros del “Puente sobre el río Kwai” ante sir Alec Guiness. Busquemos en “Youtube” la “Marsellesa” cantada por Edith Piaf. Emocionante en verdad. ¿Recordáis en “Casablanca” cómo el héroe perseguido por los alemanes enardece a los clientes de Rick haciendo entonar el himno de guerra del ejército del Rin a la orquestina del café de Bogart? Todos siguieron las vibrantes estrofas, “marchons, marchons…” Apabullaron hasta a los nazis. Y estos cedían poco terreno en cuestión de himnos. Bien traído está el poder de conmoción del canto en la interpretación del joven nazi en la cervecería de “Cabaret”: “tomorrow belongs to me”. Woody Allen dijo a través de uno de sus personajes que cada vez que oía a Wagner le entraban ganas de invadir Polonia. Ambientada en los tan cinematográficos tiempos de la Segunda Guerra Mundial está “Música y lágrimas” (no confundir con “Sonrisas y lágrimas”). Es una cinta que ha tardado en reponerse en los circuitos televisivos. Últimamente ha podido verse en varias ocasiones: es la vida de Glen Miller, con profusión de números musicales: Stewart, Miller y su música, ¡a bailar! Nunca como en este momento ha habido que cortar tan bruscamente la escritura. De seguir, habría de inmediato que ponerse a trotar, a desfilar o a bailar. |