| El antecesor legendario de los romanos, Eneas, inició un legendario camino desde Troya en busca de una tierra prometida. Le acompañaban cuantos pudo reunir entre familiares y amigos, fugitivos de la destrucción de la ciudad. El mítico itinerario está bien trazado: de Troya a Tracia, después a la isla de Delos, mas tarde al sur, Creta, y posteriormente, bordeando las recortadas costas occidentales de Grecia, hasta un poco más al noroeste, el entonces Epiro.
Un salto, por fin, a Sicilia y, tras funesta tormenta, al norte de África, al punto más cercano a la isla del Etna. La diosa Venus mostró al héroe, náufrago y perdido, el camino hacia una ciudad, que era Cartago. Es lo menos que se puede hacer por un hijo y Eneas lo era de Venus. Aquí podía haber terminado aquel deambular, pues Eneas vive un bonito romance con Dido, la reina de aquella ciudad. Pero Júpiter hizo que Eneas abandonara a la dama y cumpliera su destino, que era llegar a Italia, fin del viaje. De su descendencia surgirían los fundadores de Roma, adonde conducirían todos los caminos. Porque los romanos ya vieron que construir caminos era una buena ocupación y las romanas casaderas quizás percibieran ya que los diseñadores de las célebres calzadas eran un buen partido. Así pues, todo el Imperio romano se llenó de aquellos bien trazados pavimentos que facilitaron los desplazamientos a algunos inquietos. El oriental Pablo de Tarso no paró de moverse entre sitios como Mileto, Éfeso, Esmirna o Pérgamo. También utilizó mucho barco y terminó dando el salto a Occidente, a Roma. Hubo que cortarle la cabeza. Nerón sería muy loco y cruel, pero uno empieza por negarse a rendir culto al emperador y termina incluso haciéndose con el poder, por mucho que su reino no sea de este mundo. Y, cuando el poder está en peligro, se manda a la cruz o a los leones a quien sea. Hoy todo es más lento y difícil. Hay que procurar grupos multimedia, influir en tribunales de justicia, dominar la complicada economía… Quienes disfrutaron mucho recorriendo caminos que les retrotraían a admirados tiempos pasados eran los ingleses de los siglos XVII, XVIII… Los había que seguían los itinerarios y descripciones geográficas de la Antigüedad casi como guías turísticas. Eran verdaderos estudiosos y publicaban preciosos volúmenes, como John Breval. Sin que sirva de precedente, ahí va como nota erudita el título completo de esta obra (atención, por otra parte, a los lectores de lengua inglesa de “Yareah”): “Remarks on several parts of Europe, relating chiefly to their Antiquities and history. Collected upon the spot in several tours since the year 1723; and illustrated by Upwards of Forty Copper Plates, from Original Drawins… London MDCCXXXVIII”. Otros nombres son Durant, Carleton o Armstrong. Francis Carter escribió sobre un viaje de Gibraltar a Málaga en 1722, libro con el que entró a formar parte de la Real Sociedad de Anticuarios de Inglaterra. Hay otros que se tomaron los grandes desplazamientos como un verdadero paseo. De no ser así, no se explica que Moisés tardara cuarenta años en llegar con sus hebreos desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Visto el mapa del Sinaí, hay que estar dando vueltas y vueltas por ese desierto para tardar tanto. Y es que fue a propósito. El camino es purificador. Lo prescribe el médico: una horita diaria. Al principio está muy bien, pero no es tan fácil mantener esa constancia. Los que hacen el camino de Santiago saben de esa purificación. Moisés conocía esto bien, como otras cosas, y se lo dijo a sus caminantes en el segundo discurso del Deuteronomio: “Acuérdate del camino que Yavé te ha hecho andar durante cuarenta años a través del desierto con el fin de humillarte, probarte y conocer los sentimientos de tu corazón”. Además del de Santiago hay otros caminos que se prestan a la devoción como el del Rocío, que termina con una gran aglomeración de madrugada. También hay personas del común idolatradas por sus congéneres por saber cantar, bailar o similar, pero éstas pueden sentirse agobiadas en ocasiones, porque hay cariños que matan. Por eso Lola Flores, cuando casó a Lolita en Marbella, tuvo que decir a la multitud, que las estrujaba: “Si nos queréis, irse”. |