Yareah Magazine

Relato: Smoking en Negro PDF Print E-mail
  
Monday, 15 March 2010 17:58

 
http://artsyareah.files.wordpress.com/2010/02/bandera_yareahesp_p.gif?w=24&h=14El inspector Abando descendió las escaleras del metro con su eterno Camel apenas sostenido entre los labios. Esa tarde la luz de los fluorescentes parecía empeñada en aporrear su cabeza, y el tumulto de voces, cada vez más próximo, había empezado a mellar su ya de por sí desgastado ánimo. Buscó en un bolsillo de la sucia chaqueta de pana marrón, halló un bulto metálico y lo agitó con ansiedad. Nada. Vacía.

 Su petaca estaba vacía. Suspiró hondamente y fingiendo un aplomo incompatible con la cruel resaca que a duras penas soportaba, se dirigió al andén de la estación de Cuatro Caminos. Sus agentes acababan de acordonar la zona. Ruipérez, el más joven y entusiasta de ellos, se dirigió a él con una sonrisa que le abatió aún más.
   -¡Buenas tardes, Señor!.
   -Sí, sí, buenas tardes- contestó Abando desganado, dando una ansiosa calada al cigarro. Infórmeme Ruipérez, ¿qué coño ha pasado aquí?.
   -Se trata de un suicidio, Inspector. El fallecido es un  hombre que aún no hemos podido identificar.
   -¿Un suicidio?. ¿Y qué cojones pintamos nosotros, la Brigada de Homicidios, en un suicidio?- aulló el     investigador, constatando una vez más el tipo de casos a los que había sido relegado después de más de tres décadas al servicio del Cuerpo Nacional de Policía. Arrojó con furia el pitillo al suelo, al tiempo que alumbraba otro. Acarició de nuevo la pequeña botella de aluminio en su bolsillo y pidió un deseo: ¡llena, por favor!. Pero su súplica, como de costumbre, no fue escuchada, así es que tendría que esperar hasta cumplir los trámites rutinarios para ahogar su sed insaciable.
   -Verá, Señor-continuó explicando el subalterno sin arredrarse- el infeliz se arrojó a las vías según el método convencional, ya sabe, cuando estaba entrando el tren en la estación. Si usted quiere, puede hablar con el doctor Mingote, que ya lleva un rato aquí.
   El inspector sacó la mano de los deseos del bolsillo de la americana, al tiempo que se acercaba a la unidad del Sámur que estaba apostada en el andén contrario al del tren, pues esta era la única forma de llegar hasta el cadáver.
   -Dr. Mingote-saludó el inspector parcamente, dando las caladas postreras al Camel-¿Qué me puedes contar?.
 
http://photosyareahmagazine.files.wordpress.com/2009/10/imgp0263.jpg?w=225&h=300 

 Sonia Ramiro Serradilla en el

Bukowski Club de Madrid

  -Buenas tardes, Eugenio. Poca cosa- respondió el médico. No podemos acceder al cuerpo hasta que no llegue el juez y permita retirar el tren, ya sabes cómo va esto. Se trata de un varón de entre treinta y cuarenta años que, como ves, ha quedado aplastado a nivel de tórax y rodillas. Por su aspecto desnutrido y el estado de su ropa podría tratarse de un indigente. Murió de forma instantánea. Todo sucedió hará unos veinte minutos.
   Libando un nuevo cigarrillo, Abando saltó a las vías y se agachó para poder ver bien el cadáver. Sus ojos habían quedado abiertos, pero lo que más le sorprendió fue la sonrisa satisfecha que colgaba de los labios del occiso. La labor de observación del inspector fue bruscamente interrumpida por Ordóñez, otro de sus subordinados.
   -Inspector, ésta es la conductora del tren-le indicó desde el andén, señalando a la mujer que sujetaba por el brazo y que parecía a punto de quebrarse como resultado de un llanto espasmódico. Se llama Isabel Espósito-prosiguió el agente-.Tiene cuarenta y cinco años, trabaja en el Metropolitano desde hace veinte, con un expediente inta…
Abando palmoteó el aire con una mano impaciente, haciendo que se detuviera la cantinela de datos. Ante él, aquella Isabel Espósito, derrumbada y, sin embargo, imperturbablemente, familiarmente bella. A pesar de la inesperada conmoción, Abando se repuso para contestar desde las vías con la agresividad acostumbrada:
   -Que se vaya a casa y descanse, ya la interrogaremos mañana.
    Notaba de nuevo la boca espesa y el temblor de manos hacía rato que le avisaba de que debería tomar un trago. Escaló nuevamente hasta el andén y, sin mediar palabra, salió a la oscuridad de la gélida noche de enero. Su fiel amigo, el pequeño camello, en la boca. La ciudad seguía funcionando ajena a la podredumbre que se alojaba en sus entrañas. Cuando este pensamiento le asediaba, el policía sabía adónde ir.
  En la calle Valverde, el rótulo de neón, que mostraba sobre él la silueta de una mujer desnuda sobre una copa de champán, invitaba a las almas solitarias a hacer escala en el Angélica. Nada más traspasar las cortinas de terciopelo rojo, la sórdida negrura del local, iluminado por tenues luces anaranjadas, suficientes para ver los cuerpos medio desnudos y cansados de las chicas, el fuerte olor a desinfectante y una cálida humareda envolvieron a Abando. Reconfortado, se precipitó sin demora sobre la barra.
   -Laura, cariño, ponme lo de siempre
   -Hombre, inspector, ¡cuánto tiempo sin verle!. ¡Se vende usted caro!- le saludó irónicamente la puta desde el otro lado del mostrador, a la vez que le cogía por las solapas de la chaqueta y le estampaba un beso con sabor a labios de herpes y carmín corrido. Esta noche Emma está libre. ¿Te apetece que te haga subir un rato al cielo?- le propuso en un guiño.
    Dos horas después, el inspector estaba sentado al borde de una cama de sábanas revueltas, con el pene colgando inánime. Los labios, iluminados por el vigésimo cigarro de la noche. El cuerpo sinuoso de Emma, su fulana favorita, descansaba detrás de él mostrando un culo al mundo en el que verter toda su depravación. A pesar de la bruma etílica, Abando podía recordar con nitidez el rostro descompuesto de Isabel Espósito. Ese rostro, tan parecido al de su mujer hacía años, antes de la corrupción impuesta por la enfermedad que finalmente la llevaría a la tumba. De pronto, recordó que le estarían esperando en comisaría. Se vistió con toda la celeridad que su pedo le permitía y antes de volver a internarse en el frío de la noche encendió un nuevo ansiolítico, pero un vómito feroz se lo arrebató de los labios si quiera tres caladas después.

 

Last Updated ( Monday, 15 March 2010 18:15 )