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 | El invierno, como el verano, como la primera comunión, el entierro de la lavadora o las compras del miércoles, transcurren entre buenas y malas experiencias, pequeñas y grandes anécdotas, vida y no vida que nos aportan soledad y compañías. Siempre es así y de su suma obtenemos alguna arruga más, muchas producidas por la risa. A mí el fanatismo me produce risa, debo decirlo, supongo que es porque soy española y en la tierra de Don Quijote nacemos con la capacidad de sobrevivir a cualquier chalado/ada que exhausto grite -en cualquier esquina- tratando de imponer la última verdad que un dios iletrado le haya susurrado en pesadillas.
El dios anda ahora por el norte de Europa, eso está claro, y su perfecta sociedad ha de ser impuesta a golpe de multa entre nosotros: amén. ¿Qué tendrá Estocolmo que tanto admiramos y tan poco conocemos? Los suecos, si juzgamos la descripción que de sus instituciones hace Stieg Larsson en su trilogía Millenium, viven oprimidos y acongojados por leyes tontas que descuidan los problemas graves: su protagonista fuma (¡¡falta terrible!!) pero ha debido soportar desde niña los más atroces abusos de unos funcionarios depravados que, por supuesto, ni fuman ni tiran pipas al suelo. En España, determinados fanáticos también quieren ahora que dejemos de fumar. A mí me parece una estupidez del calibre de que me prohíban llevar bufanda rosa pero, cuando gritan exhaustos, el asunto me parece preocupante. -Es necesario que prohíban fumar en cualquier bar –escribía (omito faltas de ortografía) un anónimo en un blog- porque si yo quiero entrar a tomar un gin-tonic, estoy en mi derecho a no ser molestado con humo. O sea que el fanático (iletrado) exige que de Pirineos a Cádiz se prohíba fumar por si él, casualmente, tiene a bien dejarse pasar por allí un rato. Sería normal que hubiera bares para fumadores y otros para los que no quieren fumar, igual que los hay de estilo gótico o a lo taberna andaluza, sería normal que cada cual fuera a divertirse donde le resulte mejor y que el dueño del local (porque ahora parece que los bares son propiedad del Estado y que la iniciativa privada ha dejado de existir) decidiera el estilo que le conviene al suyo. Sería normal pero ahora esta afirmación parece extraña e incluso en garitos nocturnos donde el 100% de los clientes fuman, se tiene que prohibir por si el iletrado del gin-tonic se digna pasar por allí. El fanatismo se extiende desde Estocolmo como una humareda que ningún cigarrillo podrá apagar, está muy cerca y tiene sus conversos (la mayoría son ex) que se erigen en controladores de voluntades ajenas. “Si no fumas, no vayas a un bar de fumadores y punto”. Sí, punto y final, porque entrar en la cuestión de que los fumadores nos vamos a morir y los que no lo hacen vivirán eternamente sí que me parece más allá de la alta teología, y de la resurrección de las almas sin nicotina no me encuentro capacitada para opinar. Que dejen de decir bobadas y de llorar a la lavadora muerta o al pescado podrido de un día de mercadillo, que dejen de apelar al cáncer como si ellos no lo pudieran tener o al olor que no hace mucho estaba de moda, que dejen de tomarnos el pelo intentando que nuestras vidas tengan más de absurdo que de coherente, de imposición que de risa. La pura verdad es que quieren ser dioses, hablar de nuestra inmortalidad, imponernos la última chaladura que se les ocurra y sentirse por un momento tan importantes como el tipo del gin, el que todavía no ha aprendido a escribir. A mí el fanatismo me da risa y estoy preparada para aguantarlos. Mis amigos vendrán a casa (lo siento por los bares y restaurantes) y lo pasaremos igual de bien pero él (y debe saberlo) no estará invitado y tal vez la chica que le gusta tendrá que salir a fumar a la calle cuando la invite a cenar y, también, parte de sus amigos y, tal vez, la tertulia se organice entre frío en la acera mientras él, solo, permanece sin humo en el local del que a todos nos echó y, tal vez, no se ría. ¿Prohibirán entonces que fume en mi casa? ¿Dirán que el vecino del quinto se infecta con mi humo a través de los muros de papel? ¿Dejarán que nos divirtamos en privado mientras ellos no tienen ya a quien aleccionar? No, no lo harán porque ya lo están intentando impedir. Lo impiden en nuestras bodas y empresas privadas y no admiten ni que haya clubes de fumadores, sólo su verdad. Quizás estoy equivocada, quizás el fanatismo no dé tanta risa. Leer más: http://editorialakron.es/cms/index.php?page=yo-fumo-yo-acuso http://editorialakron.es/cms/index.php?page=elogio-del-tabaco http://www.ellibrepensador.com/2010/01/20/estupideces-comentarios-a-la-columna-de-eduardo-verdun-en-el-pais/
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