Yareah Magazine

¿Se puede Fumar? PDF Print E-mail
  
Wednesday, 03 February 2010 20:02

 http://www.yareah.com/images/bandera_2_p.gifEn el templo de Apolo en Delfos quedan los restos de una especie de pozo. Explican que ahí se amontonaban hierbas alucinógenas. En el borde de

 http://www2.uol.com.br/sciam/reportagens/img/sacerdotisa.jpg
la oquedad se disponía un trípode y sobre él se acoplaba la pitonisa. Esta sacra señora caía en trance al aspirar la humareda que subía desde el agujero cuando se prendían las drogas. Suele tener éxito entre los jóvenes estudiantes de Cultura Clásica exponer el ritual con adecuada teatralidad, los ojos ligeramente en blanco y cierto decaimiento en brazos, cuello o piernas. Todo con gesto lo suficientemente comedido como para no dañar el decoro docente. Los antiguos decían que el dios Apolo poseía en ese momento a la pitonisa y que

 las incoherencias, que ésta pronunciaba en semejante éxtasis, eran la propia palabra divina. Los expertos servidores del templo interpretaban adecuadamente los mensajes de la deidad. De todas partes acudían gentes a consultar así el oráculo. ¿Qué hubiera sido del más célebre santuario del mundo sin aquel humo inspirador? De la misma procedencia era la iluminación creadora de poetas y otros escritores. El dios Apolo, además de presidir las prácticas adivinatorias y proféticas, inspiraba a los literatos a través de las nueve Musas. Eso se hacía desde el monte Parnaso.
 Tal vez la historia de la literatura de nuestro tiempo sería otra sin el humo del tabaco de pipa, puro o cigarrillo. El café Gijón o el Lyon o el Comercial de Madrid no hubieran sido posibles sin humo. Sin coñac y sin puros no existiría la escena, en la que el capitán Butler alertaba a los soberbios caballeros del Sur americano ante el mejor equipamiento militar de los yanquis. Las damas se habían retirado a descansar en la sobremesa. Los varones comentaban con entusiasmo acerca de los aires de guerra inminente. Ahí viene la antológica intervención de Clark Gable, que provoca la irritación y casi el desafío de un majadero inexperto. Éste sería una de las primeras víctimas de la guerra. No queriendo provocar más incidentes, el personaje de Gable se retiraba lamentando haber amargado las copas y los cigarros a los aguerridos hombres, que iban a vestir el uniforme gris. Cosas de “Lo que el viento se llevó”.
 Sin embargo fue impresionante una de las últimas apariciones públicas de Yul Brynner poco antes de morir. “Don’t smoke”, “don’t smoke”, insistía con dramatismo. Muy lejos quedaban los bríos con los que evolucionaba, bien ceñida la cintura de Deborah Kerr, al son de “Shall we dance?” en “El rey y yo”.
 Pero desazona, desazona, parece que a pocos, que en medio de tanta lacra social como siempre rodea al hombre antiguo, moderno y contemporáneo haya la máxima firmeza, y hasta intransigencia, con quien en ocasiones tan sólo pretendía echar un cigarrito entre clase y clase, por ejemplo. Hay que recordar una historieta y pedir perdón, porque no es nueva en absoluto.
 En un departamento de un tren expreso, de aquellos que tardaban doce horas nocturnas en un recorrido de quinientos kilómetros, iban sentados frente a frente tres y tres viajeros. Silencio, vaivén y adormecimiento. Siempre evitando la mirada directa al oponente. Y he aquí que de repente uno de los ocupantes se puso en pie en medio justo del departamento. Roto bruscamente el tedio del viaje, el pasajero aflojó los tirantes dejando caer las prendas de cintura para abajo. Sobre un papel de periódico previamente dispuesto en el suelo, y ante la mirada desorbitada del resto del vagón, alivió el apremio intestinal, que con tanta urgencia se había presentado. Recobrada la serenidad y la compostura, con sumo esmero dobló el pliego y, abierta la ventanilla, se deshizo del envoltorio de la defecación. Volvió a su asiento, en el que se retrepó feliz y satisfecho. Cruzó las piernas, echó mano a la pitillera del bolsillo interior de la chaqueta y con toda ceremonia llevó el cigarrillo hacia la comisura izquierda de los labios. Cuando tenía el encendedor a punto, dio un respingo con una expresión de enorme contrariedad. Abrió los ojos casi tanto como los demás compañeros de viaje: “¡Perdón! ¿Les molesta que fume?”.

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