| Elogio del Tabaco |
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| Tuesday, 15 December 2009 22:28 | ||
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Dedicado al Ministerio de Sanidad y Consumo español, y a tantos otros
![]() Dentro de la corriente que desde hace algunas décadas –pocas– devora inmisericorde tradiciones, órdenes y desórdenes, y hasta olores ancestrales, con seguridad es la persecución constante y creciente de los consumidores de tabaco uno de sus aspectos más llamativos. Y ello por su influencia directa sobre millones de personas en todo el mundo, de ciudadanos hoy ya de segundo orden, que se encuentran en trance de asunción de su nueva categoría, aguetados por leyes incoherentes que van llegando a remolque de verdades seudocientíficas e imposiciones social-estéticas cuyo sentido es difícil de comprender. El gran ariete, el justificador incuestionable y por ende generador de miedos terroríficos –el infierno real–, es la enfermedad o, más bien, la peste generalizada que se cierne sobre –y se ceba en– los fumadores: acortamiento de sus vidas –un día por cigarrillo–, impotencia –adiós al sexo gratificante–, daño del esperma y reducción de la fertilidad –adiós a la reproducción–, cánceres múltiples –de boca, de laringe, de pulmón–, reducción del flujo sanguíneo, etc. Ariete que golpea insistente en sus mentes desde todos los medios de comunicación y empujado por hombres y mujeres, con bata y sin bata, una y otra vez, ora blandiendo estadísticas de mortalidad, ora tachando de injustificados los costes derivados de su atención médica, y hasta sugiriendo la conveniencia de hacer incompatible su condición de fumador con la de conductor, trabajador por cuenta ajena, funcionario ¡y hasta con la de pareja! Cuando en ocasiones la presión se hace especialmente insufrible, los fumadores se miran al espejo sorprendidos de seguir vivos, de que la sangre corra por sus venas, de que todavía sus carnes no se ajen como debería ser, y rezando devotos para que sus cotidianas erecciones o el tintineo vaginal que alegra sus noches no dejen de acudir a su cita. Decía el Doctor Andréu, historiando sobre el tabaco, que durante algún tiempo el fumador fue perseguido en muchos países, destacando Inglaterra, Turquía, Rusia y Persia, lugares en que los castigos pasaban por cortarles las orejas, los labios y hasta por aplicarles la pena capital. Poco duró la cosa ya que en otros países el fumar era cuestión baladí desde puntos de vista de salud ciudadana, y además proporcionaba a sus arcas enormes cantidades de dinero por la vía del impuesto directísimo. Importante argumento que, sumado al gusto por el humo del Papa Benedicto XII, devino en la promoción universal del cultivo y consumo del tabaco. Voltaire, Dumas, Balzac, y hasta el mismísimo Kant son una pequeña muestra de grandes hombres que hoy tendrían que esconderse para poder aspirar un poco de humo estimulante. Por cierto, Voltaire vivió 84 años, Dumas 68, Balzac 51 y Kant 80. En relación con Balzac, no está claro si su muerte tuvo relación con el tabaco o con la angustia en la que, durante dieciocho años, hubo de vivir hasta que la condesa polaca Ewelina Hańska cumplió su promesa de convertirse en su esposa. Cumplida la promesa, Balzac murió. Las verdades seudocientíficas suelen ir, con bastardo tufillo cartesiano, acompañadas de números y estadísticas, difícilmente opinables sobre la marcha. Pero si se aplica el sencillo método de reflexionar sobre la lluvia de datos así recibida, las conclusiones llegan a ser hasta divertidas. En España el tabaco causa cincuenta mil muertes cada año. Para que los fumadores se echen a temblar. O más bien, para que lloren amargamente, arrojen los cigarrillos a los abismos e imploren el perdón a los que, con paciencia displicente, los cuidan, los financian, los salvan de ellos mismos, pobres fumadores... Grosso modo, en España mueren unos trescientos mil ciudadanos al año. Qué se le va a hacer, es inevitable; ley de vida, vaya. Por diferencia, resulta que doscientos cincuenta mil ciudadanos españoles mueren cada año por causas diversas y que no están relacionadas con el tabaco. Es cosa común saber que, también grosso modo, un treinta y cinco por ciento de la población española es fumadora. O sea, a los fumadores, estadística aplicando, les corresponden ciento cinco mil defunciones. Pero ¡oh milagro! solamente muere la mitad. La tasa bruta de mortalidad en España es de las más bajas del mundo, y la esperanza de vida al nacer en España es de las más altas del mundo. Se deduce de esos dos datos que, a pesar del alto porcentaje de fumadores, la salud pública española es como el paraíso para la mayoría del resto de los mortales, incluidos los países más ricos y más sanos. Cabe concluir que si se erradicara el consumo de tabaco en España los estadísticos tendrían que inventar nuevos parámetros demográficos a la española porque, según la teoría de los cincuenta mil, aplicados los actuales, los valores resultantes se saldrían de las tablas por abajo y por arriba. El espectacular monto de los impuestos pagados por los fumadores que se mueren por el tabaco, más los pagados por los fumadores que no se mueren por el tabaco, y que más que impuestos son un castigo bíblico, es más que suficiente para pagar las prejubilaciones de los fumadores en sanatorios serranos, con respiración asistida y cosas así, además de los costosísimos tratamientos de los enfermos -fumadores o no- de sida, de cáncer de hígado, mama, colon, sangre y tantos otros; de los mutilados por accidentes de tráfico; de los mutilados por el terrorismo; de los enfermos de Alzheimer, y de tantas y tantas enfermedades que son al final las causas de muerte de la población española. Además del tabaco, por supuesto. Pero todo lo expuesto en el fondo es secundario. Lo fundamental, lo realmente trascendente en la polémica sobre el tabaco son dos cuestiones. La primera es la falta de legitimidad que tiene la sociedad actual para atacar descaradamente en sus costumbres ancestrales a una parte importante de la sociedad misma. Toda norma aprobada democráticamente por las instituciones correspondientes es sin duda legal, y no cabe otra actitud por parte del ciudadano –en este caso el ciudadano fumador– que su acatamiento o el exilio voluntario. Pero siendo legal, este ataque no es legítimo porque está viciado en su origen: es un engaño. No ataca el origen del supuesto problema, que es el tabaco –y he aquí lo incomprensible del asunto apuntado al principio–, y ataca al consumidor, a sabiendas de que seguirá llenando sus arcas después de salvar la ropa de la modernidad. Pura hipocresía de una sociedad que, a través de sus instituciones, si de verdad creyera en los males que proclama, su deber inexcusable sería la abolición del tabaco y su consumo de un plumazo. Todo lo demás no es sino un chiste de mal gusto, un abuso y un tributo que pagan –y sigo sin saber porqué– los diputados que en el Congreso después de dar su voto a favor, y los médicos que después de pontificar sobre la putada de los laringectomizados, corren a fumar a hurtadillas a los retretes más próximos, emulando a los entonces no redimidos heterodoxos sexuales preconstitucionales, que usaban el oído –intensidad del chorro– para ensoñar historias. La segunda es el recorte de los derechos individuales. Derechos no concedidos generosamente por las instituciones de la sociedad actual, ni por la generación precedente, ni por la anterior, ni por la otra. Y además, recortes acompañados por un cachondeito felón y faltón que muestra con descaro la provocación gratuita y falta de respeto al oficializar las mentiras y el desprecio a una parte muy importante de la sociedad. Valga como ejemplo una campaña del Gobierno de España en los medios de comunicación, gobierno autodefinido progresista y de izquierdas en este caso –y el mismo que en rocambolesca paradoja no ve con malos ojos otros acortamientos reales y drásticos de la vida de los ciudadanos como es la eutanasia–, que presenta una máquina expendedora de paquetes de cigarrillos y que, emulando la respuesta hablada de la misma, cada vez que expende un paquete suelta un sus veinte días menos de vida, gracias con total impunidad. Según esa publicidad engañosa, y por lo tanto delito punible según las leyes del mismo Estado español, un ciudadano que consuma un paquete de cigarrillos diario, al cabo de un año ve acortada su vida en ¡20 años! Mentiras y tomadura de pelo impunes que deberían movilizar a los ciudadanos consumidores de tabaco más allá de su protesta íntima y su cabreo personal, exigiendo que los responsables directos de tamañas felonías sean juzgados de acuerdo a las leyes y condenados por sus delitos. En relación con los efectos del tabaco en los ciudadanos no fumadores, y dejando a un lado el citado conjunto de verdades seudocientíficas e imposiciones social-estéticas, cabe hacer algunas observaciones. Durante siglos, la convivencia entre ambos colectivos –fumadores y no fumadores– se ha organizado motu proprio. Cada cual, y aplicando las normas derivadas de la personal formación y educación, de la urbanidad en suma, ha sabido cuáles eran los límites y por ende las conductas a ser aplicadas en cada situación. Omitiendo las siempre llamativas excepciones, cualquier fumador siempre ha sido consciente de cuándo debe o no consumir tabaco en ambientes compartidos con ciudadanos no fumadores. Pero dado que la tendencia hoy es legislar sobre todas y cada una de las acciones individuales, es comprensible que se legislen obviedades tales como la ausencia de humo en los hospitales, ascensores y otros recintos parecidos, en orden a extinguir las excepciones que suponen la conducta incívica de un grupo reducido de fumadores. Es de esperar que la sociedad también legisle sobre otras conductas incívicas y restrinja, también, la libre circulación de las ventosidades y eructaciones de los ciudadanos, sean o no fumadores, así como del resto de las fétidas emanaciones que habitualmente mortifican al individuo que necesariamente tiene que convivir con los demás. Aunque, en estos casos, lo más probable es que el gobierno no lo considere necesario y que, ahora sí, haga suyos y traduzca a principios de carácter científico los clásicos y populares epitafios y otros ripios justificadores de las humanas emanaciones, que hasta por televisión se pueden ver y escuchar y que la técnica impide, por ahora y a Dios gracias, que también podamos oler.
(Publicado en Tensando el arco, Editorial Akrón, 2007) Leer más: http://ignaciozara.wordpress.com
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