Yareah Magazine

La Naturaleza de la Ondina PDF Print E-mail
  
Wednesday, 31 March 2010 15:04

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por Lola Alarcia

Era joven. Demasiado como para suponer que había tenido una vida interesante. Pasaba los días paseando por el bosque; hiciera frío, lloviera o nevase tenía que caminar hasta el manantial y regresar a casa. No sabía si le gustaba o si en realidad lo odiaba, pero ahora le gustaba, esa era la ventaja de no recordar nada. No sabía si había amado, si había odiado…

cómo era su vida antes de “ahora” era un misterio. Había aparecido de la nada y los habitantes del pueblo la habían acogido como una más.
Se detuvo frente a las aguas y se descalzó. Hacía frío, pero le gustaba esa sensación en los pies. No le gustaba tenerlos calientes. Necesitaba sentir ese frío en su piel. Caminó un poco sobre el lecho rocoso sin importarle que las faldas se le mojaran. Volvió a la orilla y se sentó sobre el musgo que rodeaba las aguas. Se recogió un poco el vestido dejando ver parte de sus piernas y se recostó cerrando los ojos. Nada. No tenía recuerdos. Se quedó dormida y cuando despertó ya no estaba sola.
Había dos hombres, uno de ellos se apresuró a sujetarle los brazos al ver que despertaba y el otro se sentó sobre ella. Intentó deshacerse de él, pero en la posición que estaba no podía ejercer ninguna fuerza. Aquél hombre comenzó a levantarle las faldas y algo cambió en ella, algo que le asustó. Perdió la consciencia y cuando despertó no sabía dónde estaba.
Se levantó llevándose una mano a la cabeza, sentía un profundo dolor entre los ojos. Tenía las manos mojadas y cuando se las miró vio que no era de agua. Un vistazo a su alrededor le bastó para ver que seguía en el manantial. Allí estaban los hombres que la habían atacado, al menos lo que quedaba de ellos. El musgo estaba perlado de gotas de sangre y el agua de la orilla se había teñido de un tono negruzco. Se miró las ropas y vio horrorizada que estaban llenas de sangre y restos de vísceras.
Echó a correr para alejarse, consciente de que aquello lo había hecho ella. No se atrevió a regresar al pueblo. Tenía miedo de lo que pudieran pensar al verla, de que se lo hicieran pagar. Se alejó de allí sin mirar atrás, sentía ganas de vomitar, no por lo que había visto, sino por lo que había hecho.
No dejó de correr hasta que los pies le sangraron. Había empezado a llover y tenía las ropas empapadas. El agua casi había borrado todo rastro sangre en ella. Estaba agotada, encontró una cueva y decidió dormir un poco.
Le despertó el olor del pan recién tostado. Miró a su alrededor y vio que estaba en un dormitorio. No conocía el lugar y no recordaba cómo había llegado. Se levantó de la cama descubriendo que alguien la había vestido con un camisón. Salió al pasillo que había tras la puerta y bajó las escaleras siguiendo el olor a comida. Estaba hambrienta. Llegó a un pequeño salón en el que había un hombre de espaldas atizando la chimenea. Al oír los pasos se volvió.
-Me alegra que estéis bien –le dijo –Cuando os encontré pensé que estabais muerta. Mi nombre es Alejandro.
Lo miró agradecida pero no dijo nada. El joven la invitó a sentarse y le ofreció la comida que había sobre la mesa. Le explicó cómo la encontró y que habían pasado varios días desde entonces.
-¿No recordáis nada? – preguntó intrigado.
Negó con la cabeza, no quería que supiera lo que había hecho. Él insistió y ella siguió negando. Cuando terminaron de desayunar la invitó a pasear por los jardines. Entonces descubrió un gran estanque en el patio y se acercó a él corriendo. Se descalzó sin pensarlo y se adentró en sus aguas con el vestido sujeto para que no se le mojara. El joven la miraba desde la orilla, sonriendo.
-¿Os gusta el agua? –preguntó.
Movió la cabeza sin poder dejar de sonreír.
-¿No podéis hablar? –se interesó.
Ella negó con la cabeza al tiempo que regresaba a la orilla. Así no tendría que dar explicaciones.
-Podéis quedaros el tiempo que deseéis –la invitó -¿Recordáis vuestro nombre?
Negó nuevamente.
Pasaron varios meses en los que su vivir diario se limitó a paseos por el jardín y por las aguas del estanque. El joven Alejandro la acompañaba siempre que tenía tiempo y le contaba historias de sus viajes por medio mundo. Fue olvidando poco a poco lo que había pasado y dejó que sus recuerdos se perdieran de nuevo.
Un día, Alejandro se marchó a uno de sus viajes y los criados decidieron vaciar el lago para limpiar el lecho. Comenzó a pasear por los alrededores, buscando algún riachuelo en el que remojar sus pies, pero el más cercano estaba a casi medio día de la casa y debía levantarse al alba para poder pasar un rato en él. Hasta que uno de aquellos paseos se vio truncado por la presencia de unos encapuchados que pretendían asaltar a las carretas que utilizaban aquel camino.
Los vio a tiempo y pudo esconderse entre los matorrales que bordeaban el camino, no así un par de muchachas que venían de lavar la ropa en el río. Desde donde estaba pudo oír las risas de los hombres mientras las zarandeaban de un lado a otro.
El recuerdo de lo que le sucedió regresó y como si aquellos hombres fueran los mismos que matara sintió asco. Cerró los ojos y cuando los abrió ya no era ella. El rostro angelical que todos los días caminaba hasta el río se tornó monstruoso. Sus ojos, del color de las aguas profundas, se volvieron rojizos y su cándida expresión se volvió terrible. Abandonó la protección de los matorrales y caminó presa de su ira hacia los bandidos. El pánico invadió los rostros de todos los presentes, víctimas y verdugos. Soltaron a las mujeres y trataron de huir, pero ella era más rápida.
Sus uñas se clavaron en la piel y sus dientes desgarraron la carne. Uno de ellos salió volando golpeándose contra el tronco de un roble. El sonido de su espalda al romperse se escuchó nítido. Entre sus fauces, pues ya no era una boca lo que había en su rostro, tenía el cuello de uno de los bandidos. La sangre resbalaba por su cara cuando se incorporó en busca del tercero. Lo vio corriendo por el camino, buscando la forma de salvar su vida. No le costó alcanzarlo. Clavó sus garras en el vientre del pobre infeliz y las tripas se vertieron sobre la arena del camino entre gritos de dolor.
Se volvió, jadeante, como una loba que acabara de terminar de cazar para sus lobeznos. Las mujeres que habían sido atacadas estaban apoyadas contra una pared de roca, con los ojos cerrados, rezando por sus vidas. Ella las miró un instante, horrorizada ante lo que era. Se acercó al agua y trató de lavarse la cara y las manos, pero la sangre no se iba. Escuchó los cascos de un caballo y pensó que se le había escapado uno. Decidió que si así era, dejaría que le diera muerte, era un monstruo que no debía vivir.
Se volvió llorando y se encontró con el rostro de Alejandro. La miraba sorprendido, pero no horrorizado. Dejó su montura y se acercó a ella. Le sostuvo una mano sin importarle la sangre que cubría su piel y la abrazó con ternura.
-¿Estáis bien?
-No.
-¡Podéis hablar! ¿Recordáis quién sois? –la miró sorprendido.
-Sí –dijo ella sin poder dejar de llorar –Mi nombre es Tesenia.
-¿Esto lo habéis hecho vos?
-Sí –contestó –Debéis matarme –le pidió sacando la espada de Alejandro de su vaina.
-¿Por qué?
-Porque soy un monstruo. Alguien me hizo el regalo de olvidar, pero soy lo que soy y no puedo evitarlo aunque lo olvide.
-¿Y qué sois? –le preguntó Alejandro.
-Soy una ondina y mi naturaleza es malvada –se lamentó Tesenia al tiempo que la sangre retornaba a sus ojos tornándolos carmesí y sus manos se transformaban en garras. Delante de ella tenía un humano y no podía evitar hacer lo que tenía que hacer.

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Last Updated ( Wednesday, 31 March 2010 15:16 )