Yareah Magazine

Mirando hacia atrás por un ángel PDF Print E-mail
  
Monday, 05 July 2010 18:49

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A los desconocidos que fueron mis donantes.
 “Misericordia quiero y no sacrificios”.
  San Mateo IX,13 y XII,7

  La vista habría podido parecerle paradisíaca desde aquella colina cubierta por espesa vegetación. Pese al sofocante calor y el espeso olor de la selva, aquel cielo azul, el brillo del océano y las esbeltas palmeras mecidas por el viento, conformaban un bello paisaje. Pero él permanecía ajeno a todo ello, ya que un oscuro pensamiento enturbiaba su mente. Sus ojos estaban clavados en aquella cogotera colgada de una gorra caqui sobre la que tenía que descerrajar un tiro.


  Ser un buen tirador, tener experiencia en combate y chapurrear lo suficiente la lengua del enemigo, habían sido los motivos para que le escogieran, entre otros, para aquella misión. Después de dos días en territorio enemigo, avanzando por selvas pantanosas y acuchillando por sorpresa a soldados demasiado confiados, había empezado a comprender que en las operaciones especiales, la Convención de Ginebra no era más que un lejano recuerdo.
   Y allí estaba aquel tipo que había tenido la mala suerte de ser hecho prisionero. Le habían sacado la poca información que un simple soldado pudiera tener y les había conducido hasta aquel lugar. Ahora ya se había convertido en un estorbo, y su escasa graduación no hacía de él un lastre interesante. 
  Pero Daniel, que era como se llamaba el soldado que marchaba detrás del prisionero, había hablado con él. Se había enterado de algunas cosas sobre la vida de aquel individuo antes de que la guerra, como a todos, le engullese, y vió también, al revisar su cartera, la fotografía de una mujer con dos niños.
  Quizás por eso, haberse interesado demasiado por un enemigo, el teniente había sugerido que fuese él quién diera un tiro en la nuca al prisionero cuando este menos se lo esperara. Y aún debía estar agradecido de llevar aquella pistola con silenciador, ya que en condiciones normales, hubiera tenido que utilizar el cuchillo, lo cual hubiera resultado más violento y desagradable.
  Mas aquello no era el furor del combate. Había conocido lo suficiente a aquel hombre como para no parecerle una mala persona. Sabía de historias que hablaban sobre la doblez del enemigo, su crueldad y falta de compasión. Pero no todos serían así. Además, matar a alguien así, en frío, era una ejecución y él no era ningún verdugo. Aunque era sobre todo aquella fotografía, que le hacía ser consciente de que en cuanto apretase el gatillo dejaría una viuda y dos huérfanos en una ciudad de nombre exótico, en donde aquel pobre diablo se ganaba la vida como artesano textil, lo que le producía aquella sensación de tener un puño de acero estrujándole las entrañas.
  En algún momento, según avanzaban, le había parecido que el prisionero había sollozado levemente, aunque nada podía decir a ciencia cierta, ya que se sentía como embotado. Hacía un minuto que el teniente le había hecho la señal para que actuase. Entonces el tiempo se volvió de plomo, mientras pensamientos crueles cruzaban su mente tratando de justificarse.
  Era lógico matar a aquel tipo. Lo irracional sería dejarle con vida, o cargar con él como un impedimento más para conseguir la victoria. Por que de eso se trataba, de ganar la guerra y hacerlo pronto. Su país no había empezado aquel conflicto, y las sensiblerías podían ser tan hipócritas como ineficaces. La guerra no siempre podía ser limpia, aunque, ¿Podía haber limpieza en ella?. Y qué importaba un muerto más.  Al final todo se resumía en ellos o nosotros.
  De pronto una suave brisa acarició su rostro y por unos instantes recordó una lámina que colgaba a la entrada de la casa de sus padres. Aquel viejo grabado representaba el bíblico sacrificio de Isaac. En cuclillas, sobre un ara de leña, el hijo de Abraham esperaba acongojado el cuchillo paterno. Pero un ángel agarraba, deteniéndolo, el puño armado del patriarca de los judíos, mientras que este, girando su cuello hacía atrás, miraba con ojos de asombro la sobrenatural y alada aparición. En un rincón, en la parte posterior izquierda, entre unas zarzas, se veía el cabrito, que sustituiría al sacrificio humano.
  Sin darse cuenta, Daniel miró por unos segundos hacia atrás, pero no vió ningún ángel. Tan solo le pareció sentir en su cogote la mirada ceñuda e impaciente del teniente. Tampoco se cruzó por allí ningún animal que pudiera cambiar el destino de la bala.
  Dejó de pensar, sintió la presión  de la sangre sobre las sienes y disparó sobre aquella tela color caqui. La sangre le salpicó y el prisionero cayó  sin vida, casi al borde de un arroyo donde corría un agua cristalina.
  -Buen disparo, cabo- dijo el teniente- Pero si llega a esperar un poco más, podría haber manchado de sangre el agua, dejando así una pista más al enemigo.
  A continuación, escondieron el cadáver entre unas piedras y la vegetación, y tras limpiar un poco la sangre que había caído en el camino, continuaron la marcha.
*        *        *
   Pasaron los meses y Daniel volvió a su unidad ordinaria. Con ella tomó parte en el  desembarco en una pequeña isla, que formaba parte de una operación de mayor envergadura alrededor de un archipiélago. Por una serie de circunstancias, la acción que debía haberse realizado a primera hora de la mañana, se retrasó hasta mediodía. Pero aunque perdido el elemento sorpresa, el hostigamiento conjunto de la aviación y la marina sobre las débiles defensas costeras del enemigo, les evitó tener que pagar un elevado coste en el asalto.
 Una vez en tierra, las tropas avanzaron hacia el interior para asegurarse una sólida cabeza de desembarco. Mas al empezar a caer la tarde, la unidad de Daniel volvió a la playa. El cielo anunciaba ya las tonalidades del veloz crepúsculo tropical y los barcos se mecían suavemente en un mar reverberante de brillos. Sobre la arena se extendían dispersas, lanchas de desembarco, amontonamientos de provisiones y material, soldados ocupados y ociosos, y también algunos cadáveres, todavía sin recoger, sobre todo de enemigos.
 Mientras Daniel iba de aquí para allá aprovechando unos momentos de descanso, una voz un tanto quebrada, se dirigió a él preguntándole:
  -¿Quiere fumar un cigarrillo, cabo?
 Miró hacia donde le llamaban y vió a un sargento de aspecto veterano que, sentado junto a su fusil, fumaba tranquilamente sobre unos troncos que conformaban lo que había sido hacía unas horas la posición de una ametralladora enemiga, y donde por el olor acre que desprendía todavía debía albergar los cadáveres de sus sirvientes. Pese a lo inhóspito del lugar Daniel aceptó la invitación, y en poco tiempo hizo las presentaciones necesarias a aquel soldado de aspecto rudo.
  -¿Qué opina usted de todo esto, cabo?- preguntó de pronto el sargento con una mirada que parecía atravesarle.
 -¿A que se refiere?
-Pues, ¡A la guerra!.
  -Bueno...-  el cabo titubeó un poco indeciso, para luego responder con cierto despego- es una experiencia.
-Sabe. Yo pienso que uno no se hace realmente hombre hasta que no vive una guerra. -continuó el sargento con aire de un convencimiento largamente meditado. Después, como saboreando aquella frase, se echó ligeramente hacia atrás su casco forrado de camuflaje, y echó una larga bocanada de humo..
 No era la primera vez que Daniel escuchaba una opinión semejante, y le enervaba sensiblemente aquella forma de pensar pues le parecía tan egocéntrica como inhumana. Aún así no demostró ningún signo de alteración y contestó con cierto sarcasmo
-Eso, si la sobrevives.
-De eso se trata, de sobrevivirla. Es el superar la prueba lo que te hace hombre.- continuó rotundo su interlocutor - Aunque eso sí, siempre está la suerte. Pero la guerra infunde carácter.
  Hubo un silencio que dejó sentir el murmullo de voces y maquinaria que se extendía por la playa. Luego el soldado de mayor graduación que parecía inquietarse ante la falta de entusiasmo de su compañero por aquel breve discurso, dió nuevamente una calada  y rompió aquella pausa incómoda:
 -¿No es usted de la misma opinión, cabo.?
-¿Quiere que le sea sincero, sargento?- dijo Daniel dubitativo empezando a meditar su respuesta-   Yo pienso que ya estoy metido en este fregado, aunque me gustaría que no fuese demasiado largo. Pero me he hecho a ello y voy saliendo adelante, tratando de pasármelo lo más aceptablemente posible. Pero si algún día tengo un hijo, no me gustaría que tuviese que pasar por esto.
 -Ya. Supongo que debe ser duro el poder perder un hijo en una guerra- contestó el otro con aire comprensivo
-No es únicamente por eso. Es que no pienso que sea fundamental el tener que destruir, matar y causar dolor a los demás, para forjarse un carácter de hombre. Aún más, no lo considero deseable. - hizo una leve pausa para concluir con cierta rotundidad.- Creo, sargento, que las guerras podrán ser inevitables, como pienso que lo es esta, pero desde luego no son imprescindibles.
 La brisa movía los barcos en la lontananza. Mientras, el sol había acabado de ocultarse lanzando unos últimos rayos al horizonte que incendiaban el mar con brillantes reflejos  y teñían de púrpura el cielo.
  El veterano había clavado los ojos en aquella estampa, mientras parecía reflexionar las ultimas frases de su interlocutor.
-Bonito atardecer. ¿No le parece sargento? - preguntó Daniel tras quitarse el pitillo de la boca después de una larga calada
 -Habla usted como si fuese un reverendo. - dijo el veterano, sin hacer caso a la pregunta que le habían hecho.
 -No. No soy un hombre religioso.- empezó a contestar el cabo con aire resuelto- Pero a veces tengo la manía de ponerme en el lugar de los demás, incluso de los que pierden. Incluso de esos - y señaló con el dedo hacia atrás, al interior de los restos de la barricada donde permanecían los cuerpos destrozados de los soldados enemigos.
 El sargento, tiró su cigarrillo al suelo, dió una amistosa palmada en el hombro de Daniel, y levantándose dijo con tono amigable.
-Ha sido un placer hablar con usted, pero mis hombres me reclaman. - luego sin dejar mucho tiempo para que Daniel se despidiera añadió con aire ligeramente cómplice- Le voy a dar un consejo de amigo, cabo. No siga dándole vueltas a esas ideas. Si continúa  pensando así, creo que no verá el final de esta guerra.
  Y tras aquellas palabras desapareció veloz entre las sombras, como si continuando mucho más tiempo con aquella conversación, Daniel pudiese contagiarle la mala suerte.
  Las olas llegaban suavemente a la orilla con su sonido rítmico y pausado. Se escuchaban las conversaciones de los soldados, confundidas con los murmullos nocturnos que venían de la espesura y algún disparo lejano que recordaba lo incesable del combate. Las primeras estrellas brillaron en el firmamento, mientras la brisa marina subía acariciando con su dulce aroma, salpicado, a veces, por el inconfundible olor de la muerte.
*          *          *
  La guerra había acabado y la coalición enemiga había sido completamente derrotada. Toda la ciudad parecía haberse concentrado para contemplar aquel desfile que celebraba la victoria. Hacía una mañana soleada y en la amplia avenida, flanqueada por esbeltos rascacielos, una alegre y  desbordante muchedumbre se aprestaba a ver pasar las tropas que volvían vencedoras. Desde los pisos altos se tiraban papelillos de colores y la gente agitaba las banderas que habían salida invictas de aquel terrible conflicto. Por fin llegaba la paz, y de la mano de la victoria.
  Daniel desfilaba con su unidad, marchando en el extremo izquierdo de la primera línea de la formación. Se sentía feliz por el fin de la guerra. Todo había acabado, habían vencido, y conforme se iban conociendo las atrocidades cometidas por el enemigo, más orgulloso se sentía de haber participado en su derrota. Pero había un sentimiento que se le escapaba, una sombra que había quedado atrapada en el pasado y se negaba a dejarse embargar por tanto triunfalismo. El fantasma  de lo que había visto y oído, las cosas que había tenido que hacer y la sensación de que todo aquello le había transformado y endurecido, producían en él un sentimiento de vacío y desamparado despego.
 Recordaba su bautismo de fuego. Entonces, un coronel les había dicho que debían dar ese día lo mejor de sí mismos, porque siempre recordarían aquella jornada y algún día se la podrían contar a sus hijos con orgullo.
 -Si salimos de ella. - masculló entre dientes, un soldado que estaba junto a Daniel en aquella ocasión.
 Daniel, mientras, pensaba que probablemente a los reclutas del otro bando les dirían algo parecido. Y era cierto, ya que cuando eres niño las historias de batallas suelen fascinarte y reclamar el máximo de tu atención..
  Pero a medida que transcurría la guerra, y pese a los buenos momentos de aventura y camaradería que una vez acostumbrado al miedo no faltaban, el ir comprobando su alto precio en odio, dolor, destrucción, mutilación y muerte, le hizo comprender que todo aquello era tan solo una maldición. Una maldición que algunos trataban de glorificar para darle un cierto sentido y hacerla más soportable. Pero la guerra siempre sería una maldición, por más inevitable que a veces pudiera ser.
   Y así, mientras escuchaba los vítores, la música de las  bandas y el paso rítmico de sus camaradas, pensaba que estaban desfilando sobre un montón de cadáveres, y que sus botas iban pisando huesos, carne putrefacta y cascotes abrasados  de uno y otro bando,  culpables e inocentes, pero todos dominados por el mismo sufrimiento.
  Su corazón parecía mirar hacia atrás, perdido en un paisaje lleno de muertos y convalecientes bajo un cielo crepuscular, que lentamente iba cayendo bajo las sombras del olvido. Sobre aquella extensión de muerte y desolación, bajo aquel pálido ocaso, veía un ángel, un gran ángel atrapado entre todo aquello. Allí se debatía, enganchado entre alambradas, manchado de sangre su blanco ropaje y las alas medio rotas. Una multitud de brazos trataban de agarrársele, aunque ya nada parecía poder hacerle remontar su vuelo. Por eso lloraba, con un llanto que se confundía con la multitud sollozante que le rodeaba en aquella desesperada inmensidad. 
  -¡Te quiero, soldadito de ojos tristes!.¡ Te quiero!.
  Apenas pudo ver de refilón a la joven que le había dicho aquello. Aunque le pareció que era una guapa rubia que agitaba una banderita, desbordando alegría.
“Espero que si te encuentro dentro de unas horas, sigas pensando lo mismo, pequeña.” pensó Daniel. Estaba claro que aquella noche con un uniforme sería fácil dormir bien acompañado.
  Pronto volvieron a embargarle sus oscuros pensamientos. Se sentía un aguafiestas entre tanta alegría y celebración de victoria. Comprendía todo aquello, había que ser justo, pues habían sufrido demasiado y se merecían  esa alegría desbordante. Era al final de una pesadilla y esta había acabado bien. Pero no podía evitar mirar hacia atrás y pensar en los muertos, en los que la guerra había arrebatado todo o casi todo, y entonces le resultaba casi hipócrita y hasta egoísta regocijarse entre tanto dolor. Un dolor que quizás podría haberse evitado.
  Sus pies avanzaban rítmicamente hacia adelante, al paso de sus camaradas, pero con su corazón mirando a sus espaldas, pues anhelaba consuelo, respuestas y fundirse en un futuro donde no volviera a repetirse lo que acaba de quedar atrás.
  Se concentro en la tropa que desfilaba delante de él.. Veía sus uniformes verde caquis en línea, el brillo del acero de los cascos y los fusiles, y las polainas, de un tono más claro, moviéndose rítmicamente al unísono.
  De nuevo su mente empezó a volar. Su visión ya no se dirigía al frente, aunque  tampoco hacia atrás, sino que escoraba un poco a la izquierda. Si hubiese sido un aviador hubiera dicho que entre las diez y las once. Allí sentía que veía una gran luz, como un sol brillante surgiendo de entre las nubes, y aún más al fondo, un cielo azul tan  resplandeciente que parecía blanco. Después, aún más a su izquierda, le pareció ver agitarse un ala de blancas plumas, que volando, se dirigía en aquella dirección.
  Escuchaba las marchas militares, el griterío y el paso rítmico de las botas pisando el pavimento. Pero aunque seguía oyendo todo aquello, sintió que a su corazón le envolvía un extraño silencio. Un gran silencio lleno de incertidumbre y esperanza.

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http://www.laslibertades.es/?p=14

Last Updated ( Monday, 05 July 2010 19:06 )