Yareah Magazine

Relato: El Espejo PDF Print E-mail
  
Tuesday, 01 September 2009 00:00

 http://www.yareah.com/images/bandera_2_p.gifYulia Martínez

Aquel día, mientras la música me perforaba los tímpanos sustrayéndole a la vida su propio sonido, me dirigí hacia la parada del número 24 que hay en Tottenham Court para encontrarme con un viejo amigo. Cuando llegué hasta allí esperé en la acera observando la corriente de la vida con la ausencia y el encanto que conlleva cargar con una existencia dominada por un constante ataque de paroxismo y porque no decirlo incomodado también por la diferente velocidad de la gente que me rodeaba. 

En cuanto me subí al autobús y  se puso a rodar las terrazas de los edificios comenzaron a arrastrar de la ciudad de un modo suave e indolente. 
La testaruda lluvia que nos acompañaba desde hacia semanas había lamido las aceras y estas brillaban  bajo un atardecer canallesco que aguardaba paciente y con la sonrisa torcida el tránsito del  día sosteniéndolo un instante mas a las puertas de la noche.
Una procesión de rutilantes escaparates y toda la materia muerta que los contienen empezaron a reptar sobre el fino cristal de mi retina. Los pubs estaban abarrotados de borrones que alzaban la voz por encima de sus silencios, cientos de carteles con mensajes  comerciales sin sentido empezaban  a iluminarse y bultos de todos los colores desgastaban las calles de lo que podría ser cualquier ciudad,  casi sin  rozar el suelo. El movimiento circundante fluctuaba a mí alrededor, las distancias que hay entre unas cosas y otras y  el brillo que proyectan me rozaban con suntuosidad como también lo hacía la quietud que anida entre una naturaleza y otra ensamblando la vida en un perfecto puzzle. No se porque pero desde un principio supe que aquel día había nacido diferente y lo supe desde el momento en que asomé la cabeza por  la calle y vi el  mundo de siempre con ojos nuevos, apartando todo razonamiento de mis  sentidos.
Confieso que desde muy joven me ha fascinado observar la ciudad y todo su contenido como un presente pasivo,  ver desfilar la vida desde una arista silenciosa o presenciar como se deshacen las estrellas en el firmamento me ha producido un placer sólo comparable con el que debe sentir un niño que mira con embeleso como camina la vida ante sus ojos y para ello me he servido de cualquier punto, una ventana enclavada en el olvido de una pared o los bancos de  calles y plazas. 
Ahora tengo la extraña certeza que los otros no son lo que creen ser sino lo que yo veo en ellos porque lo hago sin recelo, con el despego y la simpleza con que lo haría un espejo que no juzga sólo refleja desde un vacío reconfortante y  nutritivo. Lo contrario es solamente   el análisis de una vaga realidad,  la interpretación de un fluctuar que nunca nos perteneció ni comprendimos.
Cuando llegue a mi destino,  me baje del autobús y me dispuse a  emprender un breve paseo en compañía de la más exquisita de las soledades, caminé con las manos colgando dentro de los bolsillos y la mirada perdida en un futuro tan imposible como hermoso. La  pertinaz lluvia que nos había acompañado durante varias semanas se había retirado y  unos tímidos rayos de sol asomaron los dedos entre las nubes cambiando la atmósfera de las calles y el  espíritu que las ronda. Era un sol avaro de esos  que hace fijar la mirada sobre las cosas que elige a capricho para buscar su atención y  luego alejarse. A pesar de todo el viento  era frío,   soplaba raudo y batía con furia mi pelo que por entonces llevaba de un largo premeditado. 
Tras cruzar la esquina de Archway lo primero que vi fue  la casa de Thomas Crown, mi representante y mecenas; una construcción centenaria de dos plantas que se alza en plena  pendiente con toda la insolencia de la que es capaz y la arrogancia propia de los edificios antiguos.
Me había citado allí para revisar el catálogo de mi próxima exposición en la Folex Galery. Thomas es de los que piensan que la pintura como la poesía es la senda que toman los que persiguen el aroma de lo insondable, esos seres capaces de crear una alquimia que extrapola  todas esas lágrimas que se pierden entre la lluvia y pensaba que yo debido a mi carácter volátil  y maniático era la persona mas adecuada, capaz de ver en lo invisible, de escuchar el canto del silencio y plasmarlo en mis cuadros con la pasión necesaria. Nos habíamos conocido en la calle, cerca de un parque donde yo vendía mis cuadros sobre la acera y desde entonces no se separó de mí; era mi mentor, mi puente y amigo.
Cuando llegué hasta la puerta principal de su casa comprobé  que estaba ligeramente abierta pero la empuje y con cuidado de no despertar  ningún espíritu ajeno  me introduje en el interior. Al otro lado aguardaba un recibidor anclado en la exigencia de la discreción, carecía  de muebles pero sus paredes estaban repletas de daguerrotipos que mostraban jóvenes rostros congelados en un tiempo ya vertido, en frente se encontraba un angosto y largo pasillo que invitaba a ser recorrido hasta lo que parecía ser otra estancia de mayor proporción,  me adentré en él con curiosidad y con sorpresa al comprobar que sus paredes estaban forradas desde el suelo al  techo por  estanterías repletas de libros, lo atravesé repasando con la mirada todo el eclipse blindado de su conocimiento,  acariciando los incontables lomos que tapizaban las paredes con colores desgastados.
Antes de avanzar un poco más a través de la casa llamé a  Thomas varias veces con la esperanza de encontrarme con algún tipo  de vida pero nadie contestó por lo que me dirigí hacia  la sala del fondo que parecía estar prendida por una luz difusa y esponjosa. 
Aquella morada, aquel lugar encantado rezumaba desencanto y de haber tenido tiempo y una segunda oportunidad habría plasmado en un lienzo cada uno de los recovecos que se cobijaban en aquel océano desprovisto de sonidos domésticos; ni un crujir, ni una leve corriente de aire habitaba la casa, nada.
Cuando llegué al salón principal comprobé que alguien había encendido decenas de velas que permanecían  diseminadas por todas partes como una plaga de luciérnagas y que producían una luz condescendiente y primitiva carente de evidencia, como sólo la luz antigua del fuego sabe emitir. En un rincón, junto a un ventanal de barrotes, colgaba de la pared un gran espejo, el marco era de madera tallada con unos bonitos motivos florales que vistos de cerca resultaron ser una amalgama de garras y uñas de quiméricas criaturas. Su superficie parecía  tan irreal y absorbente como una piscina de mercurio y aunque tuve el presentimiento que una gran amenaza pesaba sobre mí no pude ni quise evitar acercarme hasta colocarme frente a aquella serenidad perversa. Cuando lo hice ya era demasiado tarde porque al verme reflejado un precipicio se abrió en mi garganta haciéndose un pozo sin fondo.
Aún hoy no logro comprender que sucedió ni quien fui yo hasta ese momento, me refiero a aquellos días en los que creí llamarme Row Carlton, un pintor vanguardista de poca monta criado y educado en Highgate con algún que otro  problema de alcohol y dos divorcios a mis espaldas, pero lo que si sé con seguridad es que cuando me miré a los ojos ya no vi dos presencias verdes sino del  color del ámbar, ya no tenían ese familiar y triste brillo en la mirada sino una tornasolada luz que se propagaba como un veneno, mi cara ya no era ovalada ni ligeramente flácida sino angulosa y de piel brillante como el alabastro, una larga y tupida trenza me caía sobre un costado y mis manos ahora largas y frágiles se acercaban con estupefacción a la superficie del espejo que reflejaba un pecho redondo y turgente, fue entonces cuando por extraño que parezca  comprendí que me estaba reconociendo bajo el aspecto de una chica. Os podréis imaginar la confusión que experimentaron mis sentidos que primero cayeron en un asombro enmudecido para luego ceder paso a una sorpresa congelada bajo la contundencia de la obviedad.
Toda mi vida había creído ser quien no era, convencida de ver, decir y escuchar una realidad que había desvirtuado. Fue como despertar de un sueño y aún así no estar segura de haberlo hecho. En ocasiones había oído decir que la realidad la interpretamos a través de las emociones y que éstas actúan como una lente distorsionante pero jamás imagine que toda mi existencia fuera una mentira que yo misma había creado.  Tampoco tuve mucho tiempo de pensar en ello porque todo  sucedió de forma muy rápida; una tormenta de imágenes invadió mi mente en secuencias cortas e inconexas mientras una inesperada luz  se esparcía desde una hendidura que había nacido en el centro del espejo;  vi edificios, coches, rostros que pasaron por delante de mi cara como si de una pantalla de cine se tratase,  cientos de objetos, bocas hirientes y lugares desconocidos comenzaron  a flotar detrás de mis ojos. Poco a poco fui entrando por una puerta cerrada, absorbida por una inmensidad vacía y narcótica que cuando me alcanzó me sacudió con su brutal impacto, después simplemente fui dejándome atrás, abandonándome en un camino borrado de la memoria, una vaina de la que me desprendía para siempre.
Dentro del espejo  reinaba un mundo de palabras sin eco, espacios sumergidos e irreflectantes,  fallecidos en el mismo momento de su nacimiento, de silencios oscilantes y pensamientos desvanecidos.
Aquel último viaje en autobús había sido sin yo saberlo el preámbulo de una nueva conciencia que poco a poco se estaba ahuecado en mi interior, una presencia pasiva que daba cobijo al reflejo del universo entero. Sabía que solo era una cuestión de tiempo que yo dejase de pintar, que tarde o temprano algo estaba por venir porque hacía meses que no era capaz de mirar bajo la reflexión  sino que lo hacía bajo un cristalino vacío  que no produce análisis alguno. Los rostros dejaron de tener nombres y los lugares colores.  Me convertí en el reflejo de la forma y el modo. Sin yo saberlo aquel espejo llevaba mucho tiempo esperándome. 
Pasaron muchos días, un correr sostenido en el aliento de las sombras.   Transcurrieron muchas noches en vela, noches serenas sin sueños ni imágenes oníricas y también incontables mañanas,  luminosas, inofensivas, sostenidas en la inmensidad  de lo deshabitado.
Un día aparecieron dos hombres con mono que me agarraron por los costados y me metieron en una furgoneta, después me bajaron a una calle tumultuosa y me llevaron hasta un mercadillo  al aire libre que hay por las inmediaciones de Bermondsey Market.
Ahora me sacan a la calle una vez por semana, el resto de los días los paso en una tienda de antigüedades llamada Morder One donde todo tipo de personas y algunos personajes se colocan frente a mí. Yo los miro sin que lo sepan, algunos ladean la cabeza, repasan el aspecto de su pelo o de sus prominentes barrigas, los niños se burlan frente a mi aunque en realidad son los únicos que se mofan de si mismos y eso me gusta. Todos se quieren mirar, ver sus imágenes en mi superficie. Me pregunto que ven en realidad, quieren saber como son o sólo  lo que parecen  a los ojos de los demás. Yo simplemente les presto atención, los observo aunque sin emitir juicio alguno.

 

Yulia Martínez Yulia Martínez

www.myspace.com/yakasia 

Yulia Martínez (Yakasia) es una joven madrileña que escribe desde lo más profundo de su alma movida por las “Musas” o tal vez por la conciencia de todos los que nos precedieron, esa conciencia intangible y transparente que nos susurra en las noches, con el aire y el éter.
Fotógrafa de las leyendas que encierran los momentos cotidianos, ha realizado su última exposición en el Espacio Niram de Madrid en julio del 2009.
*Yareah magazine es una revista cultural fundada y dirigida por el escritor Martín Cid.
**Created and edited by the writer Martin Cid.

 

Last Updated ( Tuesday, 22 September 2009 17:17 )