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Martín Cid
I El cuadro la miraba, y es que Elissa siempre sonríe. Había comenzado a pintarlo a principios de año, en óleo, técnica relativamente nueva ideada a finales de aquella época gótica que moría, elegante, con sus fantasías blancas. Existen diferentes materiales sobre los que se puede aplicar pintura al aceite, uno de los más idóneos, aunque poco utilizado, es el cobre. Cada material tiene su método de imprimación o aparejo (consiste en dar varias capas de cola animal mezcladas con agua caliente), el más complejo es el empleado para la madera y el más difundido es el del lienzo. Antes de comenzar, se debe tratar éste meticulosamente para que no se deteriore y sobreviva al artista a través de los siglos. Su maestro le había enseñado cómo conseguir un efecto similar a su contemporáneo Tiziano. Dicen que el veneciano empleaba hasta ochenta capas de fondo antes de comenzar a pintar. El óleo tiene como principal virtud la plasticidad y el realismo. Bastaba contemplar cuadros anteriores para darse cuenta de la vitalidad que adquirían ahora las formas y las expresiones. Mirar los músculos que realizaba Tiziano y compararlos con las anquilosadas figuras de antaño era poco menos que un insulto: era el comienzo de una era más racional pero menos imaginativa… ¿morirían sus fantasmas? Las últimas pinceladas correspondieron a sus propios labios. Su rostro se dibujaba perfecto, sobre un fondo oscuro, un fondo claro, sobre un autorretrato que se disolvía ante sus ojos cansados. Al fondo, lo que cambia espera. La vieja pintora descansaba en su villa del Lago Como. Dormía, al amparo de un negro pájaro, frente a la ventana. Todo eran sombras para su vista enferma. Su padre, para seguir la cruel tradición de nombres cartagineses, le había puesto por nombre Athara, hija del eterno silencio. Mal nombre para comenzar una historia. En otro tiempo, la familia se había mirado en sus pinturas: Amílcar (su padre), Asdrúbal, su único hermano varón y sus hermanas, también artistas. Todos habían muerto… sólo quedaba ella para recordar. Los lienzos cuentan historias propias, de mundos encerrados en marcos dorados con olor a polvo. Hablan de falsificaciones y robos, de mentiras y también de ambición. A nadie importaba ya porque la historia es la cruel escriba del poderoso y ella, vieja y medio ciega, había ganado. Al fondo del retrato, la figura que cambia, espera. En la pared de la habitación, un cuadro de juventud: autorretrato, ¿1540? Intentaba copiarlo una vez más, después de otros tantos plagios a sí misma e imitaciones de… no podía pronunciar su nombre en alto. La sombra del rostro hablaba, bañada en pintura clara, sobre la veladura de sus ojos borrosos, menguados. En secreto, envidiaba a su hermana menor Elissa, aunque dejase de pintar tras ver una obra suya o, al menos, eso dijeron. La recordaba postrada en el lecho de muerte, inmóvil, con el rostro trágico y blanco, la sonrisa congelada: Elissa. Su antiguo autorretrato, sin embargo, cambiaba cada año sobre el lienzo vivo. Le hubiese gustado conseguir la expresión de su maestro, pintando en círculos sobre la imagen que se cierra. No sabría explicarlo. Pocos notarían la evolución de aquel fondo de sombras esquivas que acusadoras reaparecían. Dicen que la historia transforma a los mediocres en reyes. Son estos mediocres los que, a la postre, la harían famosa. En secreto, los necesitaba, lo comprendió años después a medida que su figura tomaba poder. Tenía catorce años, aquel trabajo le había dado la primera notoriedad, efímera, otro reflejo más. Su hermana, desde su tablero imaginario, la miraba y aprendía, desde su infancia llena de misterios. Quien no los conoce, los inventa. Athara se frotó los ojos. Apenas podía ver. Se despertó cincuenta años más tarde, ya loca, ya cuerda. Veía las figuras revolotear en su inmediatez. Cuando el mundo gira, se tiñe de mil colores, se perfila y se llena de mil cuadros maravillosos por hacer. No podía, anciana ya. La recordaba, casi juguetona. Las relaciones familiares se habían deteriorado, educación de envidias y títulos. Desde su nacimiento, estaban marcadas por su belleza u orden en la primogenitura. El físico nunca sería su distinción, condición de cortesanas. Poseía talento y porte, calidad de cuna. Athara, desde su villa del Lago Como, miró atrás, recordando. Su hermana Elissa era muy parecida a ella, casi como un espejo. De pequeñas, solían jugar juntas en los jardines del palacio de verano que su familia poseía a las afueras de Roma. Recordaba el verde paraje y los días calurosos, los juegos y a sus vecinos, junto a los que correteaban despreocupadas. Elissa se precipitaba para ser la primera en llevar el ramo de flores a su padre: pedigüeña, afectada, soez hasta la vulgaridad. Elissa murió joven, dicen que víctima de enormes fiebres. El médico, gracias a Dios, nada pudo hacer. Antes de la tragedia, quiso ser su rival, pero también su compañera y confesora. Recordaba cómo, con cada nuevo cuadro, le daba su aprobación y consejo. Alguna vez, casi sin notarlo, Elissa, invisible, le ayudaba a dar las últimas pinceladas. Sonreía. Durante su estancia en España, Athara tuvo el dudoso placer de pintar a la Corte en pleno. Estaban el rey y su esposa, Isabel de Valois, mucho más joven (y bella) que él, así como el galante príncipe Carlos, encerrado por Dios sabe qué pequeños deslices. A lo largo de sus apuntes, la propia reina le confesó su intercesión en su elección como pintora de la Corte, donde compartía taller con otras famosas mujeres como Sofonisba Anguissola. Le agradaba su complicidad y trato cercano. No era ya una cualquiera, y una reina se sentiría siempre más cómoda en su presencia que con tantos y tantos mediocres artistas venidos de cunas muy inferiores a la suya. Fueron, quizá, los mejores años de su vida. Cuando celebró su matrimonio tenía veintitrés años. Fue entonces cuando aquella mujer entró a su servicio; ahora, años después, podía escuchar los quejidos de la vieja desde la otra esquina de la villa. Se arrastraba y no dejaba de carraspear, como asno inútil, andrajoso. En otro tiempo, sin duda, habría hecho que la asesinaran. II Sobre fondo oscuro, un óleo pendía, su autorretrato… ¿1540? Uno más de los que había pintado a lo largo de su hedonista vida: siempre ella, sólo sus familiares y los reyes de España habían estado a su altura. Sin embargo, la inquietaba y sus fantasmas amenazaban. Aquel día no esperaba a nadie. En los últimos tiempos, el ajetreo y las visitas se habían sucedido: pintores de los que no había oído hablar, escritores, miembros de la nobleza que requerían sus consejos. Casi ciega, Athara, orgullosa, sentía miedo. El mundo se había teñido de una férrea veladura que parecía abarcar todo. Apenas podía ya distinguir el tono de las paredes o las tonalidades de las estaciones, todo parecía cubierto de un manto de hierro oscuro, como una nueva capa sobre el óleo de sus ojos. Al fondo, su fiel autorretrato. No podía mirarlo. De haber vivido más, tal vez, seguramente, hubiese sido mejor que ella. Recordaba a sus hermanos entre lirios y alegría. Elissa, adolescente, sonreía con el pincel en la mano o elaborando las pinturas… La veía agonizando, la acompañó hasta su último aliento: pálida, postrada sobre la gruesa cama, en una habitación por ella misma decorada. Gran talento desperdiciado. Nunca la olvidaría. Aquella visión la trastornó durante largo tiempo. Poco a poco las cosas cambiaron, y sus formas parecieron difuminarse, ocultarse tras una nueva capa de un viejo óleo. Al fondo de la habitación, su autorretrato la miraba, pintado hacía ya demasiado tiempo…, demasiado desde que su marido la abandonó, demasiado sin ver a su amiga la reina Isabel. El dinero español llegaba puntualmente, no tenía de qué preocuparse. Athara se incorporó y apuró las últimas gotas de un buen vino italiano. Era primera hora de la mañana. Su criada, aquella anciana decrépita que le producía más lástima que favor, recogía algunas prendas en la habitación contigua. Cuando se pierde un sentido, los demás toman una importancia casi divina. La pintora podía escuchar a su sirvienta susurrar y el revoloteo de los pájaros que cada mañana se posaban sobre su ventana. Hoy, un pájaro negro la miraba de perfil. Ella apuró las últimas gotas, ligeramente agriadas. Le quedaban ya pocos cuadros propios. En cambio, poseía una colección de indudable valor de otros pintores, en su mayoría regalos de admiradores consagrados, también de artistas jóvenes. Sin embargo, aún le quedaba aquel extraño autorretrato, en su primera versión, sobre fondo oscuro… nunca podría deshacerse de él. Por la mañana, casi podía distinguir las formas. Con los ojos descansados, era capaz de ver las copas y la habitación. Hacía tiempo que pintaba a tientas, maldita ceguera, no podía siquiera criticar el trabajo de otros, vieja gloria sin opinión. III La rutina era sencilla. Tras unos primeros momentos de aseo, tomaba un vino y daba un ligero paseo; más tarde, comía y escuchaba las historias de su criada (cuánto le hubiese gustado que la bruja supiese leer). Por la noche, encendían juntas la chimenea y tomaban algo para librarse del intenso frío aunque no supieran ni en qué época estaban. No hay nada peor que dos ancianas en una misma casa: una se queja y la otra responde con otro quejido. Al final, la situación se vuelve insoportable y una de ellas, sino las dos, toman la decisión de no hablar (nada tienen que decir) hasta que ambas se dan cuenta que la voz de la otra será lo último que escuchen. Aquella criada tenía una conversación más o menos agradable. Había servido durante algunos años en el palacio que los Orssini poseían en Milán. Se había distinguido por su dedicación pero, sobre todo, por su belleza. Claro está, cuando su gracia se esfumó y sólo le quedaba el noble arte de la limpieza fue (justamente) liberada. Al fondo, la figura que cambia, espera, tal vez sonríe. Había comenzado el cuadro sobre rojo y ocre, luego vendrían las «carnaciones» y la mancha se perfilaba cada vez más real pero siempre diferente a aquel original cambiante de ¿1540? Podía darse cuenta a primera hora de la mañana, cuando sus ojos aún no estaban cansados y podía apreciar, entre una espesa nube, las formas en el lienzo. Existían ya varias versiones de su autorretrato, cada una de ellas variando leves elementos, la más conocida era aquélla en la que una anciana sobresalía al fondo de la imagen y en primer plano, sobre un sillón de terciopelo azul, se situaba la propia Athara de joven. Una segunda versión, casi idéntica a la primera, presentaba una compañera diferente. ¿Quién era? La figura que espera. Siempre le gustaron los misterios. En otra versión, tal vez la tercera, la figura del fondo es un hombre. Debido a la incidencia del sol, el cuadro había adquirido tonos muchos más oscuros, dando al caballero (en realidad, su padre) un aspecto aterrador. Pero también existía el cuadro colgado en su villa del Lago Como, primer proyecto… ¿1540?, sin figura al fondo, mucho más sencillo que el resto pero que con el tiempo se había ido complicando a base de aquellas manchas que aparecían ajenas a su voluntad. Este primer proyecto se había iniciado seis meses antes de la muerte de su hermana Elissa. Murió, sí, tras tomar el vino que ella misma le había ofrecido. Con el tiempo, se aprende a vivir con los propios crímenes. La moral cristiana habla de la culpa, eterna y constante: no existía esto para los elegidos, sólo una leve sensación de malestar. Se había criado bajo la idea de la muerte. Las historias de sus antepasados eran historias de asesinato, incesto y locura. ¿Qué importaba una más? El resto de sus hermanas aprendería la lección. El cuadro la miraba, con aquella extraña mancha al fondo. ¿Podría eliminarla con una nueva capa? Necesitaba un discípulo, le hubiese gustado donar a alguno de sus amigos aquella pintura, mucho más lograda que las otras, especial, la primera. Sí, ahora podía confesarlo: el primer robo. Elissa era también pintora. Al principio, pareció no importarle…, mientras sus retratos no fueron más que meras aproximaciones de la realidad. Lentamente, sus rostros parecieron tomar vida. Pocos lo habían apreciado y la felicitaban con un toque de conmiseración estúpida. Ella podía verlo. No, no habría dos pintoras en la familia: Athara echó los polvos (en aquella época era realmente fácil hacerse con algunas gotas de veneno) en el vino y se los dio a beber. Agonizó durante varios días, sufrió grandes fiebres. Durante este tiempo, Athara la acompañó junto a su lecho que la miraba de frente. Muchos dirán que fue debido a la culpa, todos estarán equivocados. Permaneció junto a ella por miedo a que, en su delirio, pronunciase palabras que la delatasen. No, no podía permitirlo. Tres días se mantuvo en vela esperando su último estertor. La arpía comenzó a mejorar, incluso logró incorporarse para tomar unas cucharadas de sopa. Cuando su padre entró en la habitación, Athara despertó, había caído rendida durante unos segundos. Amílcar, viendo a sus dos ilustradas hijas, orgulloso, cerró la puerta. Era el momento. Athara tomó la almohada de plumas y la apretó contra el rostro de su hermana Elissa. Apenas pudo defenderse, apenas puso resistencia. Elissa murió a los pocos segundos. Un tenue aroma recorrió la habitación… ¿1540? Su padre, no tan estúpido como todos opinaban, mandó a Athara lejos, muy lejos. No volvió a verlo vivo. Le hubiese gustado una felicitación, ahora, con setenta años, famosa en el mundo entero, pintora de la Corte de España, a la altura de los grandes artistas de una gran época. Había merecido la pena, el mismo Amílcar lo hubiese deseado, él también hubiese puesto la almohada de plumas sobre el rostro de su otra hija, ladrona inconsciente de su talento. Apuró la copa hasta el fondo, conocedora del veneno que contenía. Su autorretrato la miraba. IV El óleo posee una capacidad especial, y es que las pinturas (confeccionadas con plomo) se vuelven oscuras si reciben demasiada luz. Antes de que su ceguera comenzase, había notado ya cómo, bajo el fondo del retrato, una figura que espera afloraba de su interior. Este hecho había sucedido antes y es que, a veces, las capas ocultas de los cuadros toman vida propia. He aquí, quizás, el misterio del óleo y el gusto que los artistas han tomado por él a través de los siglos. Sí, desde luego que conocía su final, y conocía también la identidad de la sombra que amenazaba bajo su interior. En 1540, cuando Elissa murió, entró en su cuarto y tomó el retrato que su hermana había pintado de ella. ¡Qué claridad en las formas, qué estilo y simpleza, elegancia y saber! No, no se arrepentía de lo sucedido, ¿por qué habría de hacerlo? Ella merecía la fama y los aplausos: Athara había nacido para ser admirada, Elissa sólo podría aprender a pintar. Se había entregado con todas sus fuerzas al empeño de ser recordada, la mejor pintora de su tiempo. La Historia las juzgaría. Recordaba sus cuadros, con los rostros sobrios, esbeltos, elegantes, la misma Elissa estaría orgullosa, mira lo que hemos logrado, hermana, los pintores que nos visitan, nuestra amistad con la reina... Hemos retratado a nobles y hemos narrado la historia. Ahora, por fin, recordarán nuestros nombres.
Había tratado de evitar la aparición de la figura al fondo de su imagen. Había dispuesto el lienzo junto a la ventana para mirarlo así oscurecer, sólo consiguió un tono ocre aún más acusado. La figura de Elissa, ahora anciana, se mostraba detrás de la de una joven Athara sentada en un adusto sillón. El cuadro miraba de frente, ambas la miraban. Al final, las dos hermanas habían logrado lo que querían. Antes de morir, su rostro se hizo perfecto, y pudo ver, entre sus ojos cansados, la expresión lacia, noble, sonriente, de Elissa, en color tierra. Las dos hermanas miraron la eternidad, elegantes, serenas. Leer más: http://www.artelista.com/articulos/news846/sabias-que-hubo-mujeres-retratistas-en-la-corte-de-felipe-ii.html Bio:  | | http://www.martincid.com/unsiglodecenizas |
Martín Cid nació en Oviedo el 26 de junio de 1976. Novelista y autor de dos novelas (“Ariza”, 2007 editorial Alcalá y “Un Siglo de Cenizas”, 2008 editorial Akrón), ha publicado en numerosos medios electrónicos y en papel. Se dedica a tiempo completo a la literatura, desde la escritura no sólo de novela sino de ensayos y artículos de corte estrictamente literario. Nunca ha trabajado (ni lo hará) en otra actividad que la estrictamente literaria. Es director de la revista literario-cultural Yareah (http://www.yareah.com). Orgulloso fumador de pipa.
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