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Antoniomingón DE LAS COSAS QUE ESCAPAN A LA RAZON SE ENCARGA EL CORAZON (o COMO HACER RAZONAR AL INSTINTO) Aquel día, nada más despertarse Roky miró a Elena. Ya se había convertido en su mujer. Dormía. Ya tenía alguna arruga en el cuello pero daba gusto verla. Roky Trapiello en su pacífico universo interior la contemplaba con detenimiento. Le acarició despacio un mechón de pelo.
Le llevaba trece años pero los dos se habían ajustado a la vida matrimonial, y eso que en otro tiempo Roky había arremetido contra ese tipo de relación estable de convivencia (¿plena?). Aquel día Roky le hablaría de su intención de pasar un fin de semana, unas horas felices, juntos en La Fundición, una casa rural de Zamora. Roky había cobrado la liquidación de su último trabajo y tenía dinero suficiente. Fue cuando sonó el teléfono. —¿Qué hora es? —gritó medio dormida Elena. El ring la había desper-tado. —Casi las nueve y diez. Roky descolgó el aparato con un grado de desconfianza. —¿Diga? Roky necesitó unos segundos de adaptación. Una voz casi olvidada pero conocida. Un viejo amigo: El Makario. “¿Pero… Cómo me ha localizado?”. El estilo del Maka era inconfundible. Roky se alejó de la cama con el auricular pues el Makario no se andaba con mucho protocolo. Tras un saludo torpe y cuatro palabras, Macario fue al grano. —Presta atención. Tengo algo en la mano que puede interesarte, pero tiene su precio, un precio especial para ti. Al momento Roky creyó que iba de farol pero intentó hacer caso a su mente. El Makario era capaz de hacer cualquier cosa y más. Macario terminó la conversación con una medio amenaza por teléfono: —En la capital a las diez, en el Dimitri. Te recomiendo puntualidad y la pasta, contante y sonante o te arrepentirás. Hasta la noche. Y a Roky le atacaron como un acceso febril la ansiedad y los recuerdos. Como las promesas se olvidan, los amigos eran desleales. “El Makario, la madre que lo parió”. El caso de Roky Trapiello y El Makario venía de años atrás. La verdad es que las villas mineras del norte nunca fueron lugares fascinantes, pero todo el mundo tiene un lugar de nacimiento y aunque nadie se la ofreciera, una había sido la de Roky. No tenía castillo, catedral, ni playa. Pero sí un invierno implacable. Con comunicaciones deficientes, distaba más de cien kilómetros de la capital de provincia. La tierra y las vacas de los paisanos habían dejado de tener importancia para cedérsela al avasallador viento de la minería. A principios del XX se había descubierto que la tierra estaba preñada de carbón y desde entonces no había dejado de bus¬carse el negro tesoro. Roky se había criado allí pero un día oyó a alguien decir en el váter de un lugar de copas que el dinero de la mina era maldito, que había que derrocharlo. Aun teniendo en cuenta el peligro que tenían esas fórmulas torpederas y simplificadoras, se podía decir que aquello le hizo mella. Harto, decidió ir a buscarse la vida a la capital. Le marcaron los primeros años. Cambió el papel de chico retraído que había sido durante el bachillerato por el papel macarra callejero con vaqueros pitillo. Su simiente de insurrección le acercó a gente poco recomendable con la que rulaba en interminables correrías nocturnas allá por los ochenta, El Toison y otros garitos donde era difícil ser un santo. Y la casualidad (o no) le había acercado al Makario. Al principio le pareció un tío legal, amigo de divertirse; pero primero el juego y luego el choriceo lo arrimaron a otra tropa con antecedentes penales y el cuento de los peces de colores en la capital se volvía blanco y negro. Un día de diciembre ya convertidos en delincuentes Macario y Roky planearon algo grande, harían historia. Algo que, pensó Roky, le iba a permitir separarse del Makario y sus amistades. El caso es que el asunto había salido bien y Roky decidió salvarse, tuvo fuerza para reformarse y salir de aquella espiral. Y volvió al pueblo. Pero el Makario por lo que adivinó por la llamada seguía siendo propenso a pasarse de vueltas. Lo había llamado otra vez en plan llorón y Roky le había dado dinero. Pero ahora le amenazaba. —Tengo que irme a la city —dijo Roky a su mujer. —Pero..., está bien. Su mujer no dijo mucho más. Lo entendía todo a la primera. —¿Cuándo volverás? A Roky le gustaba el teatro así que se hizo el interesante. Respiró profundamente, le cogió la mano y le susurró al lado de la puerta: —En cuanto pueda. Le daba a entender que no preguntara más. Y Elena así lo hizo. Roky ya se había sincerado (aunque no del todo) con ella cuando había recibido la primera llamada del Makario, también le había hablado por alto de su pasado pero el asunto del secuestro era una vergüenza que prefería no sacar a la luz. Así y todo tuvo una vaga impresión de que Elena sabía a qué iba a la capital. Elena se acercó y le dio un beso en la mejilla con seguridad en sí misma. —Adiós cielo —le dijo. Cerró la puerta sin golpearla, después el silencio. Lo primero que hizo Roky al salir de casa fue ir al banco a sacar todo el dinero que tenían Elena y él en la cuenta. No llegaba a la cantidad que le pedía Makario pero negociaría. El fin de semana de Zamora tendría que esperar. El Ford diesel de Roky roncó al ponerse en marcha. Agarró el volante y apretó el acelerador con brío pero poco concentrado en el volante. “Uno siempre vuelve a lo mismo”. A las dos horas llegaba al sur de la ciudad. Los nervios todavía no empezaban a templársele. Aparcó el coche como pudo en una calle convertida, como la mayoría, en estacionamiento interminable. Entró en un bar y porque lo devoraba la ansiedad tomó un gintonic que se lo despachó casi de un trago, luego otro y un tercero. Se sintió algo colocado al lado de su baúl de los recuerdos. Compró un paquete de ducados. Tras cinco años se reincorporaba a la minoría fumadora. Eran poco más de las siete de la tarde así que bajó del taburete y enfurecido salió del bar a tomar el aire. A las nueve y media entraba en El Dimitri. Enseguida oyó un monótono rumor de voces. Exploró a los de detrás de la barra. No conocía a ningún camarero. En otros tiempos estaba al tanto de la mitad de la clientela del local. Pasó media hora. El Makario no acababa de llegar. Raro para él pues en asuntos de puntualidad era británico. Pero después de lo que le pedía por teléfono a Roky no le faltaría paciencia. Dos horas y media de espera era demasiado tiempo. Ya se había emborrachado. Habló con un camarero: —¿Sigue por aquí Adrián? —¡Eh, Adri! Preguntan por ti. Era un camarero de los de antes. Ya tenía el bigote canoso. Trabajaba en la cocina. Pero se recordaban. Hablaron de los viejos tiempos. —¿Dónde puedo encontrar al Maka? —No viene mucho por aquí. Vive en Los Pingüinos —le facilitó la dirección exacta. Había cambiado de casa pero mantenía el barrio. Roky subió al 4º C. Se encontró la puerta abierta, “¡Qué raro!”. Entró. El piso estaba a oscuras. Gritó su nombre. Silencio por respuesta. El piso apestaba, estaba sucio y poco ventilado con botellas vacías por todas partes. Tanteó la pared y accionó un interruptor de luz. Y fue cuando se encontró con la sorpresa: Macario Frugal tumbado boca abajo al lado del sofá con su escaso uno sesenta y una camiseta del Real Madrid por vestimenta. Tenía cortes en las manos y había sangre por todos lados. Se agachó a su lado, gotas de sangre todavía caían al parqué. Sin duda estaba muerto. Un fuerte olor a salitre se alojó en la pituitaria de Roky. A pesar del mal rollo de verlo cadáver le cacheó los vaqueros: algo de dinero, papel de liar, un mechero, unas llaves, una navaja pero la cinta por la que quería chantajearlo no. Roky se puso de pie y lo miró desde arriba. Se sentía aturdido. “Malditos cubatas”. Metió la mano en los bolsillos de la cazadora colgada en el perchero, basculó el contenido de cada cajón al suelo, cacheó la ropa en los armarios del dormitorio, miró dentro de los muebles de la cocina, un mueblecito que había en el cuarto de baño, pasó las palmas de las manos por los altillos buscando la cinta que no acababa de encontrar. Movió la cama del dormitorio, rajó el sofá... pero no encontró la dichosa cinta por lado alguno. Cuando Roky se iba a ir rendido, oyó un ruido seco que provenía del cuarto de baño. Acababa de estar allí hacía un momento. Se acercó al baño y vio a un tipo con las patillas por debajo de las orejas, alerta como un animal. Aunque Roky había dejado de hacer deporte todavía mantenía cierta agilidad así que salió del piso y se tiró escaleras abajo. El de las patillas saltó de la bañera con un grito y un cuchillo en la mano intentando detenerlo. El tipo corría detrás gritándole que esperara, que lo esperara. Que quería hablar con él. Pero Roky no estaba por la labor. Corriendo cruzó el barrio entero de Los Pingüinos. Cuando le pareció que le había dado esquinazo, Roky oteó alrededor, congestionado buscó el coche. Tras recuperar el aliento encendió un cigarrillo y se incorporó a la carretera del pueblo sin poner el intermitente. Cuando llegó al pueblo, Elena le preguntó por el viaje. Respondió con generalidades. Nada más. Eso era lo peor para Roky porque quería hablar de lo sucedido en la incursión al piso de su viejo colega. Tras un rato de titubeos y palabras mezcladas, Elena le dijo sin ensañarse: —Háblame de tu amigo. Roky se acercó a la estantería y alcanzó un álbum de fotos. En pie pasó las páginas. Los labios temblorosos dejaron salir una voz compungida: —¿Te acuerdas de éste? —le apuntó uno con pinta de rockero. —El de la otra vez. Makario, tu colega ¡Claro! Me has habado de él... A Roky le pareció que farfullaba entre dientes un idiota o algo por el estilo. Pero era verdad, ya le había hablado del Makario ¡Cómo no se había dado cuenta!: —Verás... sé que sabes algo de mi pasado pero hubo algo que no te he contado. —Siéntate y cuéntamelo. Y le contó cómo Macario y él habían sacado dinero a un veterinario amenazando a su mujer. — ...pero el cabrón de Makario cuando nos reunimos para planearlo grabó la conversación con un minicasette. El asunto nos salió bien pero ahora la Policía ha debido estar investigándolo. Y seguro que decidió arrastrarme con él. Cuando me llamó por teléfono esta mañana me pidió dinero por la cinta. Demasiado, más de lo que tenemos. Después de ir a la ciudad con intención de darle lo que me pedía me lo encontré fiambre en su casa. —¿Y tú no has sido? —¡Te juro por Dios que no! Me lo encontré muerto. —¿Entonces qué te importa que esté muerto ese desgraciado? A ti no quiero que te pase nada. Elena le pasó la mano por la nuca. —¿Y qué quieres que hagamos? ¿Llamo a la policía? —Los denunciantes siempre son los perdedores. Si no has hecho nada no hace falta. La policía lo resolverá todo. Hicieron el amor. Permanecieron en la cama tumbados primero sin hablar fumando y después bebiendo cervezas hablando de otras cosas. A los dos días cuando Roky hojeaba La Crónica en el bar de abajo se encontró con un titular que le llamó la atención. Habían atrapado a un presunto asesino en la capital. Se llamaba Agosto Montalbán. Lo inculpaban en el asesinato de un tal Macario Frugal y de otros dos hombres que Roky no conocía. Venían las fotos, uno era el Makario, al lado los otros dos y el presunto asesino: el chaval de veintitantos de patillas largas que le había perseguido con un cuchillo en la mano. Ya no andaba suelto pero no era fácil seguir así como así. Roky sentía curiosidad. Trataría de averiguar quién era Agosto Montalbán y lo que había pasado. Se volvió a acercar a la ciudad. Tenía que volver al lugar de los hechos lo que no precisa mucho más comentario. Empezó por el camarero del Dimitri. —Necesito más información sobre la vida del Maka. El camarero le apuntó otra gente con que se relacionaba Macario Frugal. Ahora y en voz más baja a qué se dedicaba: al parecer había seguido llevando la misma clase de vida que hacía quince años. Su especialidad, en estos tiempos, era la extorsión. —Ya —respondió Roky. Otro impulso llevó a Roky a hablar con el presunto asesino. No podía olvi¬darlo. Tenía miedo a enfrentarse a él pero a la vez ganas de saber. A Agosto todavía lo tenían detenido en el calabozo de la comisaría. —Cualquier conclusión es prematura pero creo que está claro —dijo el subinspector que llevaba el caso—. Ha aparecido el arma homicida, la sangre del cuchillo coincide con la de Agosto Montalbán y tenemos huellas. Al parecer se trata de un encargo, un matón a sueldo que le caerán sus años. Pero lo que nos falta por saber y no lo sabremos nunca es quién le encomendó el trabajo. No se desmoronó en el interrogatorio y eso a estas alturas ya no lo va a soltar. Los delincuentes de este tipo tienen más miedo a los suyos que a la Policía. El agente de policía se lo ponía fácil a Roky. No conocía al asesino ni probablemente se volverían a ver, así que nunca se sabría que Roky había estado en casa del Makario aquella noche. Respirando más tranquilo regresó al pueblo. El domingo por la tarde llovía. Roky y Elena se quedaron en casa. Permanecían juntos en el sofá viendo un programa de televisión, Roky la miraba de reojo sin atender al aparato rumiando en darle más explicaciones. Ella como si adivinara los pensamientos de Roky le cogió la mano con firmeza. En unos segundos Roky se sintió seguro, una seguridad eterna aunque no fuera más que estar sentado en una silla en medio del desierto. —Recogeré las reservas para Zamora. El radio-casette ya no lo utilizaban. Hacía más de dos años que Elena había comprado un reproductor de CDS. Roky no cayó al primer golpe sobre quién lo pudo haber utilizado. Pero allí estaba, encima de la mesa de la cocina. Alguna pregunta quedaba en el aire pero Roky había decidido callarse. A quién importaba. Antoniomingón
Bio: BIOGRAFIA Antoniomingón (Villablino. León 1961). Novelista, cuentista y docente de Historia en sus ratos libres es un todoterreno aficionado a la Guerra Civil Española y a la literatura policíaca. Entre trinchera y trinchera anda tras alguien que le saque a la luz a su investigador Bardera. |