Yareah Magazine

El Pasajero de la Noche PDF Print E-mail
  
Sunday, 29 March 2009 17:56

Jose María Ortega Sanz

A mi primo y amigo Daniel

 - Juana, Juana Doliente - respondió la joven cuando le había preguntado su nombre.
 Era delgada y esbelta. De una extraña belleza, su  pálido rostro estaba enmarcado por una larga y lacia cabellera de brillante color negro y un mechón de plata que, como una pincelada, parecía evocar un claro de luna en la noche.

Un  nombre extraño, tan extraño y  enigmático como la bonita caja en la que va guardado- había contestado Sergio, pues este era el nombre de aquel joven, a  modo de piropo.
 Se habían conocido en un local de copas a eso de las dos de la mañana y, al final, habían recalado en la casa de él, un pequeño y céntrico apartamento, para rematar la noche.
 La silueta de la mujer, vestida de oscuro, se recortaba sobre los cristales de la ventana por la que estaba mirando. Las luces de los farolas, los anuncios de neón y el tráfico trasnochador,  iluminaban aquella amplia avenida, dándole un aspecto tan cosmopolita como melancólico.
- Tienes una bonita vista desde aquí- dijo Juana dejando la ventana
- Ventajas de vivir en un piso alto- respondió el joven, mientras se acercaba con un par de copas en la mano , disponiéndose a interpretar la melodía de la seducción. - Bueno, ya sabes que soy “pincha” y conocido, pues has oído hablar de mí, pero aún no me has dicho nada de tí. ¿A qué te dedicas?
- ¿Acaso importa?- contestó ella sonriendo ligeramente, con un cierto desdén mientras le alargaba los brazos detrás del cuello, dirigiéndole una mirada sugerente.
-¡Vaya con la dama misteriosa.! También es un enigma  de lo que vives- continuó el D.J. que empezaba a estar picado por la curiosidad .
- En fin. Digamos que vivo de...- ella miro hacia el techo aburrida, como pensando qué responder, para luego dejar caer los ojos directamente sobre su interlocutor - Vivo...con el corazón bajo las sombras.
  Hubo un breve silencio, que rompió Sergio diciendo con una leve e incómoda sonrisa:
- Bueno. Ya no preguntaré más; supongo que será lo mejor para los dos.
No había sido aquella extraña respuesta lo que había vuelto discreto al D.J., sino la forma en que le había mirado la joven y, sobre todo, los ojos de ésta. Sus grandes pupilas estaban rodeadas por un iris de un color gris, tan opaco y uniforme que en él no asomaba ningún ligero tono azul, pardo o verde que lo matizase.
  Continuaron durante un rato más con aquel juego de seducciones. Se habían sentado en un  sofá y allí hablaban, se acariciaban, se besaban... hasta que el cortejo les llevó al dormitorio,  la única habitación independiente del apartamento.
- ¿De verdad que quieres acostarte conmigo?- preguntó Juana, después de haber hecho un par de observaciones sobre el decorado de la habitación, mientras desabrochaba la camisa del joven.
- Bueno. ¿Es que no te parece poco haber llegado hasta aquí.?
- Ya, ... pero es que todos perdemos algo cuando hacemos el amor.- contestó la joven entre dubitativa y enigmática, mientras jugaba con un botón de la camisa.
- Si te refieres a la virginidad, creo que.. .
- No seas tonto. Hagamos el amor. Yo también quiero.- le cortó Juana con decisión - Pero deberías de saber que tú perderás más que yo.
- Eres un poco presuntuosa- dijo Sergio algo molesto, aunque aquella situación empezaba a asustarle tanto como anhelaba seguir adelante -¿Es que acaso debo pagar un precio por acostarme contigo?.
- Digámoslo  así - respondió Juana, continuando con su hermetismo- No hablo de dinero, claro. Tampoco yo voy a sacar nada de ello. Pero tú arriesgas más que yo, aunque no te puedo decir por qué.
  Por la cabeza del joven pasaban multitud de ideas acerca de a lo que podía referirse aquella mujer. Aún así, nada le detendría, pues le apasionaba rematar aquella aventura.
- Te empeñas en seguir siendo enigmática. Bueno, pues me gustan los riesgos- y acercando su rostro al de la joven continuó- Y yo creo que tú lo mereces.
  Juana sonrió agradecida, y le besó con ternura. Después, como haciendo un esfuerzo por resultar algo más clara, añadió:
- Dijiste antes que la vida es como un largo viaje... pues yo siempre hago ese viaje en trenes nocturnos.
- ¿Y eso que importa?
- Que es contagioso. Tu también te engancharás a la noche.
- Vaya tontería. La noche no me asusta- dijo Sergio con aplomo- Soy Noctis D.J.. Vivo de la noche, me alimento de ella.
- La noche. Vosotros no sabéis nada de la noche - empezó a responder la joven airada, casi con desprecio -  La llenáis de luces y música estridente, y se diría que más bien la teméis  queriendo prolongar el resplandor del día. Pero la noche no es eso. Es sosiego, misterio, incertidumbre, como los pensamientos que se deslizan rebeldes por nuestra mente durante las horas de las  sombras. Es anhelar la oscuridad para buscar lo oculto y realizar lo prohibido. La noche es la lechuza posada en el árbol, esperando en silencio su presa; la luna llena que surge tras las brumas a las que arrastra una suave brisa; la calle silenciosa y oscura, iluminada por una triste farola, en la que se escucha lejano el retumbar de los pasos de un extraño sobre el pavimento. ¡La noche es tantas cosas!, y resulta demasiado pretencioso el creer que todas ellas se pueden sublimar en  tu mundo de discotecas.
- Pues tú estabas en una de ellas, hace apenas unas horas- contestó el D.J., algo transpuesto tras aquel encendido discurso.
- La noche es larga, uno debe conocerlo todo.
Mientras hablaban ambos se habían desnudado y tumbado sobre la cama. El joven dejó sin responder aquella última frase y abrazándose empezaron a conocer sus cuerpos mutuamente. 
Sergio sentía cierto respeto, y hasta algo de temor, hacía aquella bella desconocida, pero más fuerte era la pasión que le atraía hacia ella. Sin darse cuenta había comenzado a hacerle el amor, y casi instantáneamente comprendió que aquella vez iba a ser diferente a lo que había sentido en otras ocasiones.
  Recordó, pese a la pasión que le embargaba, que había visto aquella noche la luna llena sobre el cielo de la gran ciudad; mas ahora le venía a la mente igual de blanca y brillante, pero cruzada por jirones de nubes y contemplada por entre las ramas deshojadas de un bosque otoñal.
Juana era un misterio insondable, y también lo era en el amor. Sergio sentía que estaba empezando a ser atrapado por algo superior a él. Pero aunque le asustaba, también le complacía. Con la habitación a oscuras, pues así lo había pedido ella, apenas podía contemplar a la joven. Por su mente cruzaban ráfagas de pensamientos e imágenes, destellos de su vida que parecían quedar atrás para siempre. Luego se vió a sí mismo ante un oscuro y profundo lago rodeado de montañas. Era de noche y las estrellas se reflejaban en la superficie negra y lisa de sus aguas. Dejándose llevar por aquel espectáculo grandioso, se arrojaba desnudo a sus aguas sin miedo a que estuvieran demasiado frías. Pero no era la temperatura de aquellas lo que le atrapaba, sino una sensación extraña, como si las aguas del lago le agarraran convertidas en una infinidad de viscosos y sensuales brazos sobre los que se reflejaban juguetones las luceros nocturnos. Y todo eso le producía una sensación distinta y un morboso placer.
Cuando se despertó ella ya no estaba allí, ni había nada que la recordase. Pero no fué eso lo peor, sino la terrible sensación que le había desvelado a horas tan tempranas. Las primeras luces de la mañana entraban por la ventana de su habitación y caían sobre el golpeándole como un gran peso. Corrió a cerrar la persiana y pensó que podría ser la resaca, pero no había bebido gran cosa la noche anterior y tampoco era la sensación que recordaba de otras veces.
  La luz del día le dolía como si fuese un territorio prohibido, del que había renegado voluntariamente. Fué a la otra habitación y también bajó las persianas, haciendo esfuerzos por evitar el resplandor matinal. Tan solo el cuarto de baño, con una pequeña ventana de cristal esmerilado, dejaba entrar algo de luz, pero cerró la puerta.
Estaba a oscuras, en silencio y sin pensar en nada, solo deseando que acabara el día y llegara la noche. Pero ya no esperaba las horas nocturnas para salir con sus amistades por los locales de alterne. Deseaba la oscuridad para respirar, como si ahora necesitase el anhídrido carbónico de los bosques. Anhelaba las sombras y merodear, como un lobo solitario, por lugares apartados donde sentir la brisa nocturna y contemplar el cielo bajo las estrellas. Recorrer las calles desiertas donde acechar los pasos perdidos de algún paseante o saborear la inquietante calma de las horas noctámbulas. Empezaba a comprender a lo que se había referido la mujer de la noche anterior. A partir de ahora él también estaba condenado a viajar en trenes nocturnos. Había quedado enganchado al mundo de las sombras. Se había convertido en un pasajero de la noche. Pero estos pensamientos, lejos de causarle desasosiego, le daban una extraña sensación de indiferencia, mientras permanecía inmóvil entre las tinieblas. Luego sonó el telefoneo.
- ¿Sergio, eres tú?- respondió una voz, en la que había reconocido a su manager, al otro lado del aparato, después de que el D.J preguntara quien era- No te había reconocido. Soy Teo, te llamaba para recordarte lo de la entrevista con el tipo de la gira.
- Ya- respondió el joven con aire ausente - Era esta tarde, ¿No? Creo que no podré ir. No me encuentro bien.
- ¡Pero que estás diciendo! No puedes hacer eso. Tenemos un compromiso.
- Bueno, intenta arreglarlo para que le veamos esta noche. ¿A qué hora oscurece hoy?
- ¡Yo que sé! Estamos a finales de septiembre, supongo que hacia las ocho de la tarde. ¿Pero como voy a decirle a ese tipo que cambiamos la hora? Pensará que no le estamos tomando en serio. ¿Oye, no podrías hacer un esfuerzo?.
La conversación duró algo más, entre la indiferencia de uno y la desesperación del otro y, aunque al final nada quedó demasiado claro, parecía que la cita iba a quedar postergada a las horas de oscuridad.
  Sergio se relajó, encendió un cigarrillo y empezó a pensar. Mientras su mente vagaba, su cuerpo permanecía inmóvil, como sin fuerza, esperando las sombras para volver a reponerse. Tendría que organizarse la vida de otra manera. Por otro lado, ésta le parecía mas indefinida, como si ya no importase el paso del tiempo, ni los límites de nuestra existencia. Volvió a sonar el teléfono pero ya no le descolgó. Anhelaba pasear sintiendo las hojas secas del otoño crujir debajo de sus pies, mientras que en el cielo brillaban la luna y las estrellas de una manera diferente a todo lo anterior. Había renegado del día, ya no quemaría su existencia bajo el resplandor del sol. Las sombras habían anidado en su corazón y pronto asomarían en su mirada. Entonces tendría que explicarse la vida y el tiempo de otra manera.

 

Jose María Ortega Sanz

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Nació en Barbastro (Huesca) en septiembre de 1962, marchándose a los seis años a Madrid, donde reside hasta la actualidad. Se licenció en 1987 por Bellas Artes, dedicándose después a la docencia como profesor de dibujo en institutos. Ha realizado varias exposiciones y colaborado en revistas como articulista e ilustrador. Su primer libro publicado, fue un ensayo de urbanismo titulado “Proyectos Matritenses. Ideas para el Madrid del siglo XXI”

Last Updated ( Monday, 15 March 2010 19:50 )