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Miguel Ángel Valero López
Increíble, pero cierto. Walter Evans se dedicó a la fotografía porque fracasó como escritor. El arte, sin duda, ganó al retratista de la Gran Depresión, que fotografió por encargo del Gobierno norteamericano en 1935. Lo que no pudo expresar con la palabra escrita, lo hizo con imágenes.
Lincoln Kirstein lo dijo mejor que nadie en “American Photographs” (1938): “El ojo de Evans es el ojo de un poeta”. Y es verdad. La modernidad de la fotografía de Evans no procede tanto de las artes plásticas como de la obra literaria de autores como Flaubert, Baudelaire, Joyce, Proust o James. No hay duda de que las fotografías de Evans son el mejor retrato de la sociedad norteamericana a lo largo de cinco décadas: desde el profundo y deprimido mundo rural de los años treinta (sus obras más reconocibles y con las que alcanzó la fama) hasta la más bulliciosa metrópoli, pasando por el ciudadano anodino y alienado del subterráneo urbano, prototipo de una sociedad capitalista que ofrece una cotidianeidad tan segura como aburrida. Pero en cada lugar que Evans visita, como sus también famosas fotografías de La Habana del dictador Machado, logra atrapar con su cámara el alma de la sociedad. Y lo hace sin reivindicación política alguna. Cada fotografía de Evans quiere ser un testimonio de la sociedad, ofrece al personaje en su contexto, evitando siempre la propaganda o prostituir la imagen al servicio de una ideología. Lo que más llama la atención de la obra de Evans es su estilo documental, sin pretensiones, con una cámara que mira a los hechos directamente, sin emociones ni tendencia a la idealización. Por primera vez, la fotografía como obra de arte podía tener la misma apariencia que cualquier otra ilustración y mostrar cualquier cosa, desde una habitación paupérrima y desolada de Alabama hasta un pasajero del Metro de Nueva York ensimismado en sus pensamientos pasando por una familia muerta de hambre en La Habana anterior a la revolución. La cualidad artística de una fotografía ya no reside en la belleza o en el sentimiento de ésta, sino únicamente en la claridad y en la originalidad de la percepción del fotógrafo. Ese estilo documental se nutre de imágenes normales, eliminando las barreras entre lo bello y lo feo, entre lo importante y lo trivial. La obra de Evans, un centenar de fotografías se puede contemplar hasta el 22 de marzo en la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre (Centro Comercial Moda Shopping, Avenida General Perón, 40, 28020 Madrid), recorre las vertiginosas alturas de los rascacielos de Nueva York. Con una Leica en 1928, logra ángulos inéditos. Y muestra desde el principio su vocación de explorar el tejido urbano. Por ejemplo, aborda la calle desde el punto de vista del peatón en el trabajo que realiza en La Habana en 1933 para ilustrar una obra sobre Cuba de Carleton Beals. De allí procede una de sus mejores obras, “Familia cubana indigente”, una madre sin hogar con tres hijos que muestra la dura realidad social que el dictador Machado impuso a sus ciudadanos. Una imagen de pobreza y de desesperanza que volverá a aparecer en su magno trabajo sobre la Gran Depresión en Estados Unidos, con otra obra maestra, “Salón, West Virginia”, con un niño descalzo en el interior de su casa y un Santa Claus que no trae regalos y deja incumplidas sus promesas. La misma crítica social aparece en un reportaje sobre la familia Burroughs y la dura vida de los granjeros del Sur de Estados Unidos. Su obra da un giro radical en su estilo, no en su temática, cuando entre 1938 y 1945 Evans baja, con una Contax de 35 mm, al Metro de Nueva York. Ocultándola bajo el abrigo, sin control de encuadre, fotografía a las personas de improviso, atrapándolas al natural y mostrándolas sin tapujos. En su etapa final, el lanzamiento de la Polaroid SX-70 (1974) le reconcilia con el color (Evans nunca ocultó su desconfianza hacia su eficacia pictórica) y le permite hacer fotografías de letreros con colores chillones. Pero nunca desapareció la gran contribución de Evans al arte, que las fotografías son expresiones gráficas de una sociedad insensible a las experiencias más cotidianas. BIOGRAPHY |  |  |
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Miguel Ángel Valero López Miguel Ángel Valero López, periodista dedicado desde hace 23 años a escudriñar en el mundo de la banca y de las finanzas, tiene otra vida. Más enriquecedora. Ha publicado de nuevo la edición de sus poemas de soltero y prepara dos obras más de poesía. También anda enfrascado en escribir un par de novelas. Mientras tanto, ha vuelto a sus orígenes, ya que comenzó en el periodismo haciendo críticas de libros. La soltería es todo un poema puede encontrarse en las librerías de El dragón lector (eldragonlector.com): Fernández de la Hoz, 72 y Españoleto, 4, ambas en Madrid. También se puede pedir al autor:
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