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Alix Otoole “He renunciado a ti, como renuncia el loco a la palabra que su boca pronuncia”. Renunciar a la palabra es renunciar a ser, cada vez, un ser humano; y es la palabra, ese débil hilo conductor que nos une y nos ata al ejercicio fútil de tratar de ser eso que ignoramos, pero que extrañamente añoramos.
Quizá, solo quizá, Borges en medio de su abismo encontró en la palabra un leve y cálido contacto que alivia en la obscuridad; quizá fue la palabra la remota esperanza de tocar otra alma anhelada. Quizá, en medio del laberinto de las insondables preguntas, las palabras fueron huellas, rastros dejados al azar y fue la cábala lo que se convirtió por momentos, en un endeble bote que por el intricado río de la incertidumbre lo llevaba hacia esos rastros, esas huellas, esos indicios. Pero todos sabemos que todos los caminos nos llevan a nosotros mismos, y que las palabras nos llevarán a más palabras. Sin embargo, la palabra a veces parece un misterioso rastro encriptado entre significados aparentemente concretos, y de allí que lo que alguna vez solo sirvió para acercarme ti, para expresar mi deseo, mi sentimiento, mi pensamiento, llevó consigo un secreto pasajero que no dijimos jamás. De un tiempo para acá la palabra sirve menos para acercar que para confundir, y más para engañar, y ocultarnos en la nada, pero hubo una vez en que un Borges creyó en esas huellas y husmeó el rastro, y lo siguió, aspirando como todos a las grandes respuestas y quién sabe, si a Dios. Finalmente Borges se desprende de Dioses, de misterios y deja solo esta verdad: “Este mundo, evidentemente, no puede ser la obra de un Dios todopoderoso y justo, pero depende de nosotros. Tal es la enseñanza que nos deja la cábala, más allá de ser una curiosidad que estudian historiadores o gramáticos.” BIOGRAFIA |  | Alix Otoole Alix escribe para decir lo que de otra forma no puede, lo que sé que nadie quiere escuchar, para dejar escapar esos vapores venenosos y otros ni tanto. Escribe desde que aprendió, desde que le enseñó su padre. Y él le enseñó que el acto de escribir como el de leer es íntimo, solitario y perfecto, pero en el mayor de los casos, sobre todo cuando es honesto, es incomprensible. Su intoxicante favorito: Lilith; sigue sus huellas como los pasos perdidos de la humanidad, la que en esencia es, pero que perdió el rumbo desde su exilio… Mil preguntas sin respuestas, sin pretensiones, sin camino, casi sin sentido, más bien como alguien dijo una vez: “desbaratando encajes llegaré hasta el hilo”.
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