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Alix Otoole
El cantar de los Nibelungos es un fantasma. Y como dice Guillermo del Toro: “¿Qué es un fantasma? Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez. Un instante de dolor quizá. Algo muerto que parece por momentos vivo aún. Un sentimiento suspendido en el tiempo. Como una fotografía borrosa. Cómo un insecto atrapado en ámbar”
Un sentimiento suspendido en el tiempo. Como una fotografía borrosa. Cómo un insecto atrapado en ámbar” Y con éstas exactas palabras se retrata para mí el Cantar de los Nibelungos; un fantasma bañado en sangre, dolor y venganza, que grita desde el alba de los tiempos lo absurdo de la violencia, su sin sentido, ese evento terrible condenado a repetirse una y otra vez por nuestra humanidad con malversadas “justificaciones”. Porque más allá del intento de resaltar a los héroes venidos a menos, más allá de los hechos extraordinarios y mil veces controvertidos, con el Dragón, su sangre, la inmortalidad, el tesoro, más allá de todos estos efectos decorativos, está el engaño, la traición repetida y dos mujeres que sobrepasan el mito de su género con su drama y su contradicción. Una Krimilda, que desata la gran hecatombe, la gran masacre, conjurando una venganza añeja, arrasando con todo, hasta consigo misma; “justificada” en su venganza por un acto que ella misma desata; “justificando” sus actos por un amor (¿amor?). Y Brunilda, la poderosa, más alta que cualquier mortal, la gran vestal insólitamente vencida física y psicológicamente por las pasiones. Hasta nuestros días las Guerras, Penas de Muerte, revoluciones, se apañan ante el espinoso llamamiento de una pseudo-justicia basada en realidad en la venganza y al final como en El Cantar, todo termina sin absolución, con el sabor amargo del sin sentido y con el siniestro paso hacia la barbarie, sin poder volver atrás. Este fantasma en pena nos está diciendo algo, cuando escucharemos... | |  | Alix Otoole Alix escribe para decir lo que de otra forma no puede, lo que sé que nadie quiere escuchar, para dejar escapar esos vapores venenosos y otros ni tanto. Escribe desde que aprendió, desde que le enseñó su padre. Y él le enseñó que el acto de escribir como el de leer es íntimo, solitario y perfecto, pero en el mayor de los casos, sobre todo cuando es honesto, es incomprensible. Su intoxicante favorito: Lilith; sigue sus huellas como los pasos perdidos de la humanidad, la que en esencia es, pero que perdió el rumbo desde su exilio… Mil preguntas sin respuestas, sin pretensiones, sin camino, casi sin sentido, más bien como alguien dijo una vez: “desbaratando encajes llegaré hasta el hilo”.
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