En una atmósfera muy parecida a la que describe en sus obras Charles Dickens, Thornill se salva de la horca por robar unas maderas, A cambio, es enviado junto a su familia como presidiario a Nueva Gales del Sur, en Oceanía.
La cruel condena se convierte en una oportunidad para comenzar una nueva vida. Thornill protagoniza la odisea de la llegada de un hombre a un entorno paradisíaco pero salvaje, en la que el gran problema es que está habitada por los aborígenes Darug.
Con una prosa sobria y sin pretensiones, Kate Grenville, posiblemente la escritora australiana más relevante del momento, muestra la llegada desconcertada de una familia británica a una Sidney extraña, donde la violencia engendra violencia, donde la ambición por poseer tierras es el motor de la historia.
La lucha por el territorio determina el límite hasta el cual el hombre está dispuesto a llegar para defender su verdad. Es el mito del río secreto, que muestra cómo la civilización niega a los aborígenes el derecho a estar en una tierra que es suya.
“El río secreto” muestra la hipocresía de los colonos, la discriminación entre antiguos presidiarios y las gentes de bien se traslada al apartamiento de los aborígenes como salvajes sin derechos, a la violencia generalizada.
Se puede criticar a Kate Grenville que parece tomar partido por los presidiarios que colonizaron Australia, pero no que la descripción de lo que hicieron, tanto lo bueno como lo malo, sea inexacta, aunque ella se cura en salud al explicar que “todos los personajes que aparecen en estas páginas son propios de una obra de ficción”.
La lectura de “El río secreto” ayuda a desmontar muchos mitos de la historia de Gran Bretaña y de Australia. Muestra un sistema que envía a la gente que le sobra a la metrópoli a las antípodas o a la horca. Y enseña que toda colonización paga un precio para la civilización, para la humanidad. Los seres humanos, si son víctimas de una mala pasada, jugarán a su vez, casi por necesidad, una mala pasada a los demás. Es, dicen, la ley de la vida. Otro mito.
Es perfectamente entendible el anhelo de Thornhill de poseer un pedazo de tierra. Pero también lo es el precio que tiene que pagar por ella. Es la lucha por una tierra feroz y despiadada, y sobre todo el brutal precio que pagaron unos y otros por controlarla, por colonizarla. También es un conmovedor retrato de la pobreza, de la búsqueda de una propiedad, de la configuración de un alma tostada por el sol.