Comienzo con la letra mayúscula, que es como una nariz chata, a veces, y no paro hasta el punto final.
James Joyce habla, deja fluir el subconsciente, abre una brecha literaria que hoy encuentra sus satisfactorias respuestas en libros como “Sobre héroes y tumbas”, del escritor argentino Ernesto Sábato.
Partiendo de la nueva literatura que Joyce creó, se entiende que el arte puede tener un cosmos, un oceáno abajo, que sirva como una pantalla para reflejar los complejos sentimientos desatados en el hombre.
El tratamiento que da a la literatura James Joyce es visceral. Es un tratamiento de ruptura. No hay posibilidad de lógica en su Ulises. Estamos ante una expresión infatigable, eterna, un monólogo que deja pasar un pensamiento que crece de sí mismo, de sus propias raíces, de sus numerosos costados.
La psicología está en un primer plano. La acción psicológica es la reacción de su pensamiento crítico hacia la sociedad y la soledad del hombre. El hombre abandonado por Dios.
¿A dónde propone ir con su obra, Joyce?
Pues al encuentro del amor y del odio, que son las pasiones dominantes en el ser humano.
Debe saberse que este novelista y poeta nacido en Irlanda desarrolló una innovadora técnica literaria que lo ha convertido en uno de los escritores referentes del siglo XX.
El drama del pensamiento que ausculta dentro de sí, habría de repercutir quizás en su propia conducta, pues James Joyce muere, en pleno estado depresivo, en 1941.
Él había comentado a sus amigos íntimos que dejó una obra que daría que pensar por un tiempo infinito a los críticos literarios.
Ulises no es una obra fácil.
Y hasta puede resultar aburrida.
Ulises es un libro sin asidero religioso. Esa es una verdad. Si tuviera algún asidero religioso, no habría podido ser escrito.
Desde pequeño, James Joyce supo lo que es la pobreza extrema.
En su novela se gesta una visión triste del mundo que toca diversas aristas.
Es una obra ambiciosa, sin lugar a dudas.
No le bastó nada; buscó el éxito absoluto.
Escribió un artículo que generó entusiasmo en los lectores de su época: “El drama de Ibsen”.
Su primera novela, “Retrato del artista adolescente” ( 1916) es, como su nombre lo dice, un bosquejo, un retrato lleno de vida propia.
Es la idea de contarse a sí mismo lo que el hombre cuenta, la que lo lleva a ese monólogo extraordinario. O sea “Ulises”.
Puede parecer un desafío a la paciencia, a veces.
De hecho, la psicología es un mar profundo.