Juan Ignacio Guglieri
Camila. Ésa será la protagonista de los versos. Como la Corina de Ovidio. La amada ficticia o ¿amor imposible y platónico? Casi mejor como la Delia de Tibulo. Aquí hay desgarro y sufrimiento. Así va tomando forma la idea: “No amo. Amando soportaría una herida tolerable.
No amo. No amo, ni es un amor tan leve el que ocupa mi corazón. Me abraso…” “El amor se complace entre sombras, el pudor mismo reclama silencio. Tal vez vengan tiempos alegres”. Todo esto hay que llevarlo al verso latino en forma de dístico elegíaco. Más tarde, el recitar los poemas en esas reuniones en las que ha sido aceptado. El incomparable palacio Farnesio. Tertulias concurridas por la flor y nata de la intelectualidad. Claro, también hay mucho fatuo. Es el lugar donde triunfar.
Ya podía retar a quien quisiera en el conocimiento de Homero. Se había empeñado en aprender de memoria la Ilíada y la Odisea. Era capaz de recitar la destrucción de Troya como lo hace Demódoco ante los invitados del rey Alcínoo, cuando Ulises es agasajado en el país de los feacios. Después, el relato del propio Ulises, los lotófagos, los cíclopes, Eolia, los lestrigones, Circe, Calipso… Por fin, el regreso a Ítaca y el encuentro con Penélope.
Lograría la notoriedad literaria. Atraería hacia su persona la atención de príncipes y cardenales. Se desvivía por entrar en los círculos formados al amparo de la reina Cristina de Suecia, singular protectora de las artes y las letras. El futuro sonreía al joven Manuel afincado en una Roma papal y palaciega. Venía de aquella España en el ocaso de su grandeza reinando Su Majestad Católica Carlos II. Allí él tenía poco que hacer. Nada hay en España tan ridículo y despreciable como hablar o escribir en latín. En Roma todo era diferente. El trato con otras gentes, la amena charla, la desenvoltura del ingenio: tale commercio è molto necessario per conoscere i costumi e l’ingegni degli altri…
Unos golpecitos en la puerta de la estancia, austera y ordenada, le hicieron levantar la vista del pliego, sobre el que discurría una esmerada caligrafía. Apareció la risueña patrona que le cuidaba como a hijo propio: “Manuele, hanno portato questo mesaggio per te”. ¡Del Cardenal Aguirre!. Su Eminencia tenía una de las mejores bibliotecas de Roma. Le concedía audiencia.
Manuel Martí estudió y escribió mucho. Hacía cosas tales como verter al griego la epístola latina de Penélope a Ulises de las Heroidas de Ovidio. Regresado a España sus brillantes perspectivas en buena parte se malograron y tuvo que decir: “… el rigor de mi destino me ha hecho nacer y vivir en esta tierra bárbara”. Hay quien ha leído sus escritos, en latín y castellano, -él era de Oropesa-, y ha resumido su existencia como “la esperanza fallida”.
BIOGRAFÍA
Juan Ignacio Guglieri
Este profesor de latín, nacido en Madrid en 1951, ha dedicado largos años de docencia a la enseñanza de los rudimentos de la lengua del Lacio. Aparte de esto y de entregarse en su tiempo libre a la holganza, a la que tiene especial afición, según declara, se ha interesado por los estudios de humanismo y pervivencia del mundo clásico.