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Por José María Ortega Sanz
A mis amigos. | | Supervivencia de Eduardo Barbero | En uno de aquellos siglos en que la mayor parte del continente americano estaba bajo la corona española, vivía en la bella ciudad de Santiago de Guatemala, en el virreinato de Nueva España, Don Iñigo De Montero. Rico y con prestigio, este gentilhombre de estirpe española tenía un carácter hosco y amargado, que no le hacía ser muy querido por la población local, llegándole a atribuir las lenguas más indiscretas hechicerías, que decían había aprendido de los indios, y pactos con el diablo. Pero como daba grandes muestras de piedad cristiana en público, que aderezaba con generosas ofrendas a las ordenes clericales, y gozaba de buenas relaciones entre los poderosos, Don Iñigo se
mantenía al margen de toda sospecha inquisitorial. Un día, llegó a la ciudad una bella mestiza llamada Isabel Londoño. Era esta mujer, uno de esos frutos regados con la sangre de las mil razas que pululaban por América en aquellos días, y que con ella habían germinado en la más hermosa de las flores. Don Iñigo, viudo desde hacía años, y sin hijos, se enamoró de la joven, y su dinero y su prestigio pudieron más que los numerosos pretendientes que merodeaban en torno a la bella Isabel . Pronto se casó con ella pero, casi al tiempo de la boda, empezó a rondarle a Don Iñigo el fantasma de las sospechas y los celos. Y no iba desorientado el rico caballero, pues la mestiza se dejaba agasajar por los aduladores en sociedad y sus ojos gustaban de encontrar las miradas masculinas por la calle. El matrimonio, en breve, empezó a hacer menor vida social por decisión del poderoso marido. Pero, no encontrando aún tranquilidad para aliviar sus celos, fingió un día tener que viajar por unas cuantas jornadas para un asunto de negocios. Volvió en secreto a la noche siguiente, picado por la inquietud y las sospechas, que pronto se confirmaron como ciertas, al encontrar a su bella y joven esposa compartiendo el lecho con un hermoso mulato, al que hacía algún tiempo había visto rondar por la casa. El engañado esposo iba ya a atravesar a los sorprendidos amantes con su espada, cuando Mauricio, que así se llamaba el mulato, que aun desnudo nunca se separaba de su machete, se le adelantó hiriéndole de muerte. Iba ya a expirar Don Iñigo en su mancillada alcoba cuando, con mirada terrible y una voz que parecía venir ya del reino de los muertos, exclamó: - ¡Yo os maldigo!... ¡Yo te maldigo Isabel, a ti y a toda tu mestiza extirpe! Dicho ésto, el ultrajado marido abandonó este mundo, dejando sus últimas palabras flotando en el ambiente como una siniestra presencia. No tardó en empezar a dejarse sentir el peso de la maldición. Mauricio, que había huido tras cometer el crimen, fue apresado a los pocos días, siendo en breve condenado a muerte y ahorcado ante una furibunda multitud, tan ensañada con el reo como envidiosa había sido de la víctima. La mestiza, considerada siempre una intrusa en la buena sociedad, sintió cómo la envidia y el desprecio le cerraban las puertas, teniendo que dejar la ciudad sin apenas nada, pues Don Iñigo se había cuidado bien de que no heredara ni un pellizco de su fortuna, la cual fue a parar a lejanos parientes y órdenes religiosas, como en su día quisiera su primera esposa. Isabel se echó a los caminos con una caravana que partía hacía la costa caribeña, donde decía tener familia. Pero las dificultades de la ruta y el embarazo, que pronto se empezó a dejar sentir en sus entrañas, acabaron postrándola en una humilde aldea campesina donde una anciana se hizo cargo de ella como si fuese su hija. Mucho debía de sentir Isabel el haber antepuesto su ambición de riquezas y prestigio a un amor de menos abolengo, pero más acorde con sus gustos y afectos. Pero ahora era tan solo el fruto de su vientre lo que le unía a las mejores horas pasadas, ya que estaba convencida de que era el mulato, y no Don Iñigo, el padre de la criatura que llevaba dentro. La niña nació un día en que las tormentas arremetían furiosas contra las selvas que rodeaban la pequeña aldea. Isabel puso por nombre Ana a su hija, en recuerdo de cómo se llamaba la mujer que ella creía que era su madre. A poco de verla entre sus brazos, pese a la felicidad del momento, descubrió que su niñita era de una piel más clara que la suya pero que tenía, en cambio, unos ronchones rojizos y pardos que la cruzaban como sombras dándola una extraña apariencia. Aunque sobresaltada por el descubrimiento, creyó que serían cosa del parto y que el tiempo los haría desaparecer. Pero el tiempo pasaba y aquellas manchas, lejos de borrarse, se iban afianzando en bandas alargadas de blanco rosado, rojo cobrizo, color chocolate y negro azulado que se dibujaban sobre el cuerpo de la pequeña dándole un aspecto atigrado y terrible. Era como si la parte de sangre de cada uno de sus variopintos antepasados se hubiese rebelado a mezclarse con las de las demás herencias y reclamase su particular dominio sobre una porción de la piel de Ana. Fue entonces cuando Isabel Londoño comprendió que era aquella la verdadera maldición que Don Iñigo había hecho caer sobre ella y su descendencia. Escondía a su niña en la casa, por miedo a mostrarla ante aquellos campesinos ignorantes y supersticiosos, que la podían tomar por un ser maligno y hacer con ella cualquier barbaridad. Desconfiaba hasta de la pobre vieja que la había recogido y que, gracias a las astucias de Isabel y a su cansada vista, aún no se había percatado de la rareza de la niña. Una noche, escondida entre las sombras, abandonó Isabel la aldea para partir de nuevo por los caminos, acompañada ahora de su pequeña de piel rayada. Anduvo errante algunos días y cruzó por su mente abandonar al ser querido, que caminos tan marginales le obligaba a escoger, y volver de nuevo a probar suerte con su aún lozana belleza. Pero le unía a ella un amor maternal desesperado y la nostalgia del recuerdo de su amante. Al cabo de unos días, encontró una vieja cabaña abandonada, lo suficientemente cerca del camino para no sentirse aislada y lo necesariamente escondida por la selva para creerse protegida. Allí crecía Ana. Su piel siguió haciendo más pronunciadas sus marcas según se desarrollaba. No solo eran el blanco, el rojo y el negro los colores que decoraban su cuerpo, sino que se manifestaban en ella en tonos tan diversos que parecía que pudieran un día fundirse en una completa escala. Mas siempre había otra raya en contraste que atajaba la esperanza. Pero no únicamente la piel marcaba su rareza, también sucedía en el pelo, pues pese a ser su lacia mata de un brillante azabache, surgía aquí un tirabuzón negro rizado, allí un mechón rubio o castaño, y hasta una pequeña mancha de rojizo cabello, que hacía sentir a Isabel cierta curiosidad por sus antepasados. En cuanto a sus ojos, eran de un color indefinido. Se diría que cambiaban con el ritmo del día o el sentir de la niña. Tan pronto parecían negros, como grises, verdes o pardos. Por lo demás, su cuerpo era hermoso y esbelto de formas y las facciones de su rostro, cuando conseguían definirse entre las manchas que lo cruzaban, mostraban la gran belleza que había heredado de la de sus padres. Isabel Londoño comprendía que había engendrado un ser condenado a la soledad y que estaba atada a él por el resto de sus días. Ana crecía salvaje y hermosa en su rareza, al borde de la selva, penetrando en sus secretos y siendo respetada por ella y por sus bestias, como suele suceder a todos los seres malditos. Amaba a su madre, único ser humano al que conocía, y vagaba semidesnuda y tranquila por la jungla, donde ni la serpiente, ni el jaguar la molestaban. Pero un día, Isabel Londoño enfermó. La vida al borde de la selva habían mermado su salud y la desdicha de su solitario destino calló sobre ella hasta arrastrarla a la muerte. Ana lloró sobre el cadáver de su madre, más como un animalillo que gime que como un ser humano, y luego con las manos cavó un tosco agujero, donde poder enterrar el cuerpo materno a salvo de las fieras. Pasaron los años, y Ana se hizo ya una mujer. Vivía salvaje y solitaria en la selva, aunque había visto varias veces, sin que se percatasen de su presencia, a los seres humanos. Y atraída por ellos, empezó a escudriñarlos, escondida tras la espesura, cuando los veía pasar por el camino o viviendo en las pequeñas aldeas. Pero se sabía distinta, que aquel no era su mundo, que su manchada piel marcaba su destino. Trataba de limpiar su cuerpo frontandose hasta hacerse sangrar con las piedras del río, pero la sangre derramada nunca conseguía igualar su piel. Sus breves encuentros con otros seres humanos, habían ido creando poco a poco la leyenda sobre un ser extraño con aspecto de mujer, al que llamaron “La Tigrona” por su piel rallada. Y pese a ser contados con los dedos de la mano quienes la habían visto, pronto llenó las pesadillas infantiles y las sombras de la noche. Las jóvenes madres temblaban por miedo a que aquel ser maligno de femeninas formas, les robara a sus niños para poder sentir la maternidad. Pero la tigrona era un ser errante y escurridizo, que vagaba por las selvas y los montes sin desear ni poder estar atado a nada ni a nadie. Mas Ana empezó a sentir que algo la quemaba en su interior y aunque no comprendía bien aquel sentimiento, comenzó a desear la compañía del varón. Un día, tras la densa cortina de la jungla, vio pasar a un arriero con dos mulos cargados de bultos. Era un hombre de aspecto sencillo, pero bien formado y de rasgos agradables. Cantaba suaves tonadas para alegrar la soledad del camino, mientras palpaba el inseparable machete que le colgaba sobre la cadera izquierda. Ana le siguió dos jornadas y a la segunda noche, cuando el arriero encendió un fuego para asegurar su sueño de las bestias, ella que no temía a las llamas, pues su madre encendía la lumbre todos los días, se aproximó despacio esperando que aquel hombre se durmiera. Con los primeros ronquidos, que anunciaban el sueño profundo, la tigrona cayó sobre su presa. Esta, que aún apenas distinguía el sueño de la vigilia, se defendió de aquella mujer que tan extraña le parecía entre los reflejos de las llamas, como si de un demonio se tratase. Pero Ana clavó su hechicera mirada en los ojos de su víctima mientras el resplandor de la hoguera la iluminaba, y al punto la defensa del hombre cayó cautiva, para convertirse en una pasión incontenible hacia la tigrona. Ambos se amaron con la energía de dos animales y, en el culmen de su pasión, Ana estrecho el cuello de su amante entre sus manos, apretándolo cada vez más fuerte, sin que este hiciese nada por defenderse, sino que se adormecía suavemente con un sórdido gesto de placer. La mujer salvaje, sabía que no podría poseer a aquel hombre más que en aquellos instantes y, enferma de celos, lo prefería muerto a compartir con otra lo que había sido suyo. El pobre arriero quedó muerto sobre su manta, no muy lejos del camino, y una vez hallado su cadáver, la gente se preguntaba sobre quién habría cometido aquel extraño asesinato, pues nada de valor habían robado al desdichado. Los más imaginativos, recordaron la aparición tiempo atrás de aquel ser extraño al que llamaban la tigrona, y ante las implicaciones sexuales de la muerte, no dudaron en atribuírselo a la hermosa sombra de mujer atigrada. En aquellos días, Ana había quedado embarazada del arriero y se retiró a lo profundo de la selva, hasta que en su soledad trajo al mundo un hermoso niño de piel ligeramente rayada. No pudo ver la tigrona como las rayas de su hijo iban cobrando color e intensidad. Por una inexplicable razón que ni ella misma comprendía y que la causaba tremendo dolor, algo la impulsó a acercarse al arroyo y ahogar allí al fruto de sus entrañas. Las tigronas eran una estirpe de hembras y no cabía el criar un varón. Quizás porque formara parte de la maldición el mantenerse aisladas del mundo como una raza de mujeres condenadas, Ana volvió a quedarse sola. Pasó el tiempo y anduvo libre y errante, protegida por aquella naturaleza agreste y frondosa. Un día vió pasar por un camino una pequeña comitiva a la que observó con celo desde sus feraces escondites. Iban al menos diez caballerias, así como numerosos hombres montados y a pie. Destacaban del grupo dos caballeros que por las ropas y el habla parecían venir de la metrópoli. El más joven, al que llamaban Don Diego, era un guapo mozo español que pronto llamó la atención de Ana, que se sintió profundamente atraída por su porte y sus maneras. Les siguió durante varios días, esperando impaciente cuando paraban en una aldea o en una casa de postas, para volver a seguirles y continuar viendo al joven Diego del que se había enamorado. Una noche, tras una larga jornada, el grupo paró en unas praderas donde se prepararon para pernoctar al raso mientras las hogueras crepitaban en el silencio nocturno. Las conversaciones y las risas de los comensales mientras cenaban no parecían asustar a Ana, que desde su cercano punto de observación acechaba anhelante el momento de encontrarse a solas con Don Diego. El vino y el cansancio trajeron el sueño sobre el grupo que poco a poco se fue disgregando hacía sus mantas, mientras un par de centinelas se preparaban para cumplir su turno de guardia ante una selva que les parecía llena de peligros. Pero atraído por la belleza del momento y del lugar, Don Diego se alejó a dar un breve paseo antes de dormir, pese a las advertencias de su compañero más viejo que, conocedor de aquellas tierras, le recomendó que no se alejara de la vista de los centinelas. Era una hermosa noche de luna llena y la fragancia de la vegetación envolvía el ambiente, haciendo sentir al joven español la belleza y el encanto exótico de aquellas tierras tan diferentes a las suyas. Permaneció Don Diego un largo rato como ausente, contemplando el astro nocturno sobre la oscura silueta de los arboles, mientras los sonidos de la selva rompían el silencio con su misterio. Tardó unos minutos en darse cuenta del sinuoso ruido que se aproximaba entre unos matorrales, y aún temiendo que fuese una alimaña, se acercó decidido, mientras dirigía su mano diestra hacía la espada. Según se acercaba le parecía ver la bella silueta de una esbelta mujer desnuda, que se iba perfilando a la luz de la luna, entre las sombras de la noche. Fue todo tan fugaz como intenso. Ana se aproximó hacia el atractivo joven, que veía como enajenado acercarse sus hermoso contornos. La luz de la luna iluminó el rostro de la tigrona, pero Don Diego no hizo caso de las rayas, sino de aquel par de ojos ardientes, que le miraban con un insoportable brillo. Siempre recordaría la Tigrona la pasión de Don Diego, y mientras hacían el amor pedía a los astros de la noche que fuese una hembra el fruto de aquel acto, pues no soportaría vivir si tuviese que deshacerse de él. La hermosa noche tropical pareció vibrar con sus mil sonidos durante aquel acto de amor intenso y Ana lloraba mientras estrangulaba a su amante y tuvo que apartar la mirada para no verle agonizar con aquel rictus de dolor y placer. Mientras se alejaba del amado cadáver, Ana gemía silenciosamente y maldecía su suerte de mujer maldita y solitaria. Esa misma noche, alarmados por su tardanza, los criados de Don Diego encontraron su cuerpo y se internaron con antorchas entre la selva en sombras en busca del posible autor del crimen. Pero Ana se había escabullido hacía tiempo de las proximidades, con el corazón herido de amor. El destino, más tarde, se portó bien con Ana. Del amor de Don Diego concibió una hermosa niña a la que probablemente debió de llamar Ana entre balbuceos, pues era esa la forma en que recordaba que la había llamado su madre. Pero fue sólo la hija de Isabel Londoño, la única tigrona a la que realmente un día se le puso nombre. Ana volvió a amar otras veces con su pasión asesina, quedando de nuevo embarazada. Y cuando al mundo llegaban las criaturas, los dolores del parto se prolongaban en el alma si era un varón, pues inmediatamente debía deshacerse de él. Pero su descendencia femenina creció, aunque siempre marcada por el maleficio de las manchas. De esta manera, desde hace siglos, por las selvas y montañas de Centro América vagan ocultas las tigronas. A veces se acercan a las aldeas para espiar a los hombres a los que tanto desean en su soledad. E incluso se cree que a veces entran en los pueblos, bien amparadas por las sombras de la noche o cubriendo sus hermosos, pero marcados cuerpos con harapos, como si fueran un mendigo o un leproso. Nadie duda de quien ha cometido el crimen cuando aparece algún varón muerto con el aspecto de haber disfrutado de una asesina ceremonia de amor. Ni cuando encuentran ahogado en un río, una laguna o en la orilla de una playa un bebé con extraños ronchones en la piel. Todos saben que son esa raza maldita de mujeres, que aman ferozmente como las mantis religiosas y que añoran poder disfrutar de la compañía de un hombre como las demás mujeres. Pocas veces se las ve, pues son escurridizas, y aunque alguna se la dio caza, nunca fueron atrapadas vivas. Por eso hay quién no se las toma en serio y piensan que son invenciones de los campesinos, que imaginan ver fantasmas y otros seres fantásticos entre la densa penumbra de la selva tropical. Mas, cuando por aquellas tierras los hombres duermen solos a la vera de los caminos u otros lugares apartados, deberían saber que, aparte de las fieras y los bandidos, otro peligro les acecha en forma de mujer. Dicen que tan solo hay una manera de salvar a una tigrona de su soledad y de la maldición que pesa sobre su descendencia, y esta es el que un hombre se enamore de ella y se retire a la selva a acompañarla en su suerte, pero viviendo más de un año sin compartir su lecho. Sólo pasado ese tiempo, podrá el hombre amarla sin temor de que le cueste la vida, y el fruto de esa relación será por fin una criatura con la piel uniforme de algún bello color mestizo. Pero mientras, las tigronas viven solitarias y malditas, sabiendo que el amor para ellas es únicamente un fruto del hechizo y que tan solo les dura unos instantes. Y, aunque quizás algún día pudiera sorprenderme, todavía no conozco a nadie al que se le haya acercado una bella mujer de hermosa piel acrisolado que le dijera:” Yo soy la hija de una tigrona”. Leer más de José María Ortega Sanz: http://www.yareah.com/magazine/index.php/issue-1-numero-1/71-1-literature-literatura/209-el-comienzo-de-los-tiempos http://www.yareah.com/magazine/index.php/issue-12-numero-12/123-12-myths-mitos/565-leyendas-de-algunos-nombres-romulo-constantino-y-carlos *Yareah magazine es una revista cultural fundada y dirigida por el escritor Martín Cid: http://www.martincid.com **Created and edited by the writer Martin Cid:
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