Yareah Magazine

El Comienzo de los Tiempos PDF Print E-mail
  
Saturday, 01 November 2008 00:00

Por José María Ortega Sanz

A mis hijos Miguel y Jaime.

Gabriela Labudda. Sol Y Luna
Gabriela Labudda. Sol Y Luna
Cuando todo era un gran vacío, ya existía Margald. Era este infinito en el tiempo y en el espacio, pues el principio y el fin albergaban en su ser, llenándolo todo con su mente. En cierto momento, cansado de su soledad, decidió crear un gran gigante, al que dió por nombre Universo y por corazón la Tierra que hoy habitamos. Pero el tiempo del gigante transcurría triste y sin sentido.

 Nada había y nada podía conocer, y así, poco a poco, su pensamiento se hizo tinieblas y su corazón se enfrió cubriéndose de hielos.
  Pasó el tiempo, y Margald, cansado de la oscuridad que envolvía todo, quiso dar luz y calor a Universo. Fué entonces cuando hizo surgir de su energía a un nuevo ser, el Sol,  enviando a este hacia la Tierra sobre un carro tirado por caballos de fuego. Haciendo amanecer por el horizonte, el carro solar  cruzó la Tierra fundiendo y resquebrajando los hielos que la aprisionaban. Así cayeron, en ese gran deshielo, espumosas cascadas de agua hacia lo más profundo de la superficie terrestre, formándose los mares y los océanos.
  En la misma Tierra, mientras, por la humedad del agua y la luz y el calor del Sol, fueron brotando, primero unas hierbas, luego unos arbustos y finalmente una inmensa selva que cubrió toda su superficie de verde, dejando únicamente despejados los picos de los montes más altos.
  Llegó el Sol en su cabalgada celeste hasta donde el mundo se acaba, y allí, descendió a unas tierras montañosas que se alzaban solitarias sobre la superficie del océano. Levantó en lo más alto de estas, su morada, la que habría de convertirse con el tiempo en la “Mansión del Ocaso”, y acabando el día en un rojo crepúsculo, dejó la Tierra en  tinieblas.
  Sucedió mucho tiempo antes, cuando permanecía Universo en la oscuridad, que tuvo éste por unos instantes la bella idea del amor cruzando por su pensamiento. Pero desapareciendo su brillo rápidamente en la larga noche, tomó aquella la forma de una hermosa doncella, que quedó sepultada entre los hielos que cubrían el corazón del gigante.
   En aquel primer día en que el Sol había calentado la Tierra y los hielos morían fundidos en agua, la bella que había estado entre ellos sepultada, emergió con la llegada de la noche, a la superficie de las aguas. Era ésta la misma Luna que hoy navega por los cielos nocturnos, la que, asomando entonces tras los montes, iluminaba suavemente los espesos bosques en los que dominaba un tenso silencio, al creer eternas las tinieblas que habían seguido al crepúsculo. 
  Fué pasando el tiempo y, despertándose el Sol, quiso levantarse otra vez por el Oriente, como lo había hecho en el día anterior. Abrió a los golpes de su maza de fuego un túnel que atravesaba la Tierra de Oeste a Este, apareciendo de nuevo sus luminosos rayos por levante. Oteó entre las brumas del amanecer y viendo el delicado resplandor de la Luna, se enamoró de ella como ella, a su vez, lo hizo de él. Se amaron intensamente sobre los cielos, dejando a la Tierra, por unos instantes, en la incertidumbre de una nueva, aunque breve oscuridad. Luego cada uno siguió su camino en el horizonte, aunque tras esa unión ninguno de los dos volvió a ser como antes. El Sol que hoy reluce no es tan fogoso como el de la primera mañana, ni la Luna se recorta ya todas las noches redonda y entera sobre los cielos nocturnos.
  Antes de separase, concertaron cada uno sus poderes sobre la Tierra, prometiendo volver a encontrarse con el transcurrir de los días. El Sol brillaría en la mañana y sería el Señor de la Tierra, la Razón y la Fuerza. La Luna, en cambio, sería el lucero nocturno y convertida en la Dama de las Aguas, escogió el sentimiento y la calma para pasear en la noche.
  De la unión  del Sol y la Luna se engendraron las estrellas. Fueron las ocho primeras, las más grandes y brillantes, las designadas para guardar los poderes de la vida sobre la Tierra. Así, la primeriza nació con potentísimos pulmones para soplar los vientos y los huracanes, mientras que a la siguiente, se la entregó el arco que lanza los rayos, con sus truenos y relámpagos, durante las tormentas. Fué vestida, la tercera, con el manto blanco y frío que se deshace cayendo en forma de nieve. Otra se encarga de tejer el velo brillante y húmedo de la lluvia. La que al nacer hacía el numero cinco, posee la vaporosa cabellera que flota formando las nubes y la niebla, siguiendo la que toca la dulce flauta de los sonidos de la Tierra. Como guardiana de vigilar la hoguera donde arde el fuego divino, quedó la séptima. Y fué a la última a la que se dio el poder más penoso, ya que debe hacer pasar la muerte por la Tierra, segando con su inalterable guadaña las vidas secas, para dejar crecer a las nuevas.
  Pero fueron muchas más las estrellas que nacieron con el transcurrir del tiempo. Una noche, se reflejaron todas ellas en las aguas de los mares, los ríos y los lagos, y entonces bajaron a la tierra tomando una forma semejante a la nuestra, los todavía inexistentes humanos. Desembarcando en costas y riberas, llevaban cada una un arco, y en su carcaj varias flechas enlazadas de dos en dos por un fino hilo estelar. De cada par de saetas, había de surgir una pareja de animales que, formándose en la imaginación de cada celeste arquero, adoptaría las características que éste desease. Así, miles de flechas, arrojadas al cielo fueron aves e insectos. Otras, hundiéndose en el agua o en sus húmedas orillas, se transformaron en peces y anfibios. En cuanto a las que se clavaron en tierra se convirtieron en los mamíferos y los reptiles. La  Tierra se llenó, a partir de entonces, de vida y movimiento, creciendo y desarrollándose éste para dar compañía a los “albos”, que era como se llamaban aquellos personajes estelares, pues con ellos había comenzado una nueva era en el mundo.
  Los albos fueron aumentando e independizándose cada vez más, de sus estrellas. Se establecieron en la Tierra, viviendo de lo que ésta les daba, así como de los seres que ellos mismos habían creado. Construyeron bellos poblados y cada vez se aproximaban más a lo que son los hombres de hoy, salvo en que su mundo todo era paz y armonía.
  Mas en el fondo del corazón del gigante Universo habitaba Nakbar, “Señor del Mal y la Tinieblas”. Había extendido éste su dominio por un mundo de oscuras cavernas, donde se rodeaba de abominables criaturas que él mismo había creado, para que le sirviesen. Sin luces ni voluntad, aullaban aquellos seres malditos  en aquella mansión de sombras, saltando en torno a un fuego rojizo que quemaba sin dar luz ni calor.
  Sucedió que las raíces de los más grandes árboles llegaron en su camino descendente a los dominios del Mal. Sobresaltado Nakbar por aquello, envió a sus esbirros a espiar sobre la Tierra, y tras conocer la verdad, pidió a estos que le trajesen materia de aquel mundo exterior. Una vez esta en su poder, la arrojó sobre las brasas que se extendían ardientes por sus espacios subterráneos, y mezclando ambas, empezó a modelar figuras malignas que tomaban vida en sus manos, adquiriendo también sus perversos poderes. Mientras esto hacía, comenzó a su vez una frenética danza que le fué conduciendo hasta el más terrible de los paroxismos. Reventó Nakbar con su baile el interior de aquel mundo, y ascendiendo las sombras hacia los espacios exteriores, fueron cubriendo el cielo de negras brumas, mientras sus demonios, cayendo confundidos entre la lava de los volcanes, se extendieron por la Tierra sembrando la destrucción.
   Iban cabalgando sobre la muerte y la desolación, haciendo conocer al mundo el dolor, la desesperación y el sin sentido. Pero peor fué aún, cuando tomando la forma de los albos, incitaban a muchos de estos, por el engaño, a que anidase el odio en sus corazones y se arrojasen a la lucha contra sus hermanos.
  Así pasaron sobre la Tierra días de terror y oscuridad, hasta que finalmente, una tormenta, arrastró las cenizas con su lluvia, dejando brillar la luz del Sol, que había permanecido oculta todo ese tiempo. Las fuerzas del Mal se replegaron huyendo a su mundo de cavernas o escondiéndose en los más remotos rincones; quedaron a la espera de otras épocas de debilidad y caos.
  La nieve caía, tapando los desgarrones y cicatrices que el maligno había ocasionado en la Tierra. Selvas enteras habían sido reducidas a humeantes estepas. Los albos intentaban encontrar de nuevo la calma, pero ahora que conocían la maldad y la miseria, su corazón se resquebrajaba perfilándose ya en ellos el alma aturdida y desesperada de los seres humanos. Marchando tristemente por campos desolados, continuaron viviendo y luchando, con la esperanza de que algún día la Tierra volvería a ser un paraíso. Mas no quedaron solos. El Sol sale cada mañana, sigue irradiando claridad y energía, la Luna luce serena en la noche junto a las estrellas; y Margald continúa llenándolo todo con su espíritu, grande y bondadoso, aunque a veces las tinieblas y la desesperación, parecen ser las dueñas de la Tierra.
*        *        *
Brillan de una manera especial las estrellas esta noche. Parece mentira que aún puedan relucir en una atmósfera que hasta hace poco estaba tan cargada por la bruma, las explosiones y los gases. Habrá sido el viento que lo ha barrido todo. Y mientras ellas titilan alegremente sobre el negro manto de la noche, los hombres estamos aquí escondidos, agazapados en estas trincheras húmedas y malolientes, viendo consumirse nuestro tiempo entre el dolor, la monotonía y el sin sentido.
  Hay quienes dicen que la guerra puede ser hermosa, aunque esos probablemente no han conocido un campo después de la batalla, ni visitado un hospital de campaña.

   ¿Y qué belleza puede haber en ver avanzar a miles de hombres hacia un destino en donde solo se puede matar o morir? He visto caer a tantos durante tantos días, mientras corrían hacía el horizonte gris y desolado que iba consumiendo sus vidas como una insaciable maquina de picar carne.
  Cuando yo era un niño la gente vivía con optimismo la llegada del nuevo siglo. Lo consideraban un tiempo nuevo, distinto a todos, en que el progreso hallaría la solución a todos los males de la humanidad. La ciencia avanzaba sobre las enfermedades y las taras, el hombre se comunicaba por cables a distancias de miles de kilómetros y las máquinas sustituían a las fuerzas naturales en velocidad y eficacia.  Hasta había quien soñaba con llegar a la luna y tocar las estrellas. Esas mismas estrellas que ahora iluminan estos campos de destrucción y muerte.
  Pero ¿qué pecado ha cometido mi generación para tener que contemplar la cara más terrible y amarga del progreso? Con aquel mismo optimismo montamos en los trenes hacia el campo de batalla, y hoy sufrimos el peso del trabajo y el ingenio puestos al servicio del aniquilamiento.
  Los camiones nos conducen raudos a primera línea, mientras que los aviones surcan los cielos como mortíferos pájaros que escupen acero sobre nosotros. Grandes cañones bombardean con una potencia salvaje que convierten los campos y las aldeas en un territorio desbastado y mutilado por miles de cráteres, que transforman la faz de la tierra en un rostro marcado horriblemente por la viruela. Aparecen armas nuevas tan sofisticadas como crueles; gases que traen la muerte con el viento, sin que uno tenga contra qué luchar, y lanzallamas que convierten a los hombres en antorchas vivientes en segundos. Hasta me han hablado de unos ingenios de acero que se mueven solos como los automóviles y donde los tripulante van protegidos por  una gruesa coraza.
  Mas lo peor es la espera, esa incómoda y angustiosa espera entre el barro de las trincheras. Uno trata de agarrarse al recuerdo de lo que antes era la vida, las pequeñas cosas que le hacían feliz y lo que aún es la existencia en retaguardia. Pero el último permiso fue hace tanto y el próximo...¿Quién sabe?
  Algún día llegará un general, uno de esos que debe ver a los soldados como una masa indefinida del color de sus tristes uniformes, y decidirá lanzar un nuevo ataque. Entonces, mis  camaradas y yo saldremos de nuestros agujeros, y avanzaremos una vez más, hacia ese horizonte de bruma y alambradas, donde suena constante el traqueteo de las ametralladoras. Quizás, ese día me abrace la muerte, para llevarme consigo definitivamente, después de más de dos años rondándome cercana con su macabra danza.
  Pero hoy la noche es tan hermosa que hasta el aire parece traer las fragancias de la naturaleza a este hediondo agujero, y el tiempo simula querer detener su paso sanguinario y mecánico. Algún día, ojalá pronto, acabará todo esto y vendrá un mundo mejor en el que las gentes hayan comprendido lo terrible e inútil de las guerras. Aunque, tan solo porque haya concluido esta carnicería, el mundo será ya lo suficientemente bueno. Pero esta noche, viendo brillar las estrellas desde esta triste trinchera, no quiero pensar en el mañana, pues quizás ya no exista para mí, y prefiero soñar con mundos remotos e imposibles, imaginando cómo pudo ser el comienzo de los tiempos.

 

BIOGRAFÍA

José María Ortega Sanz

EnglishNació en Barbastro (Huesca) en septiembre de 1962, marchándose a los seis años a Madrid, donde reside hasta la actualidad. Se licenció en 1987 por Bellas Artes, dedicándose después a la docencia como profesor de dibujo en institutos. Ha realizado varias exposiciones y colaborado en revistas como articulista e ilustrador. Su primer libro publicado, fue un ensayo de urbanismo titulado “Proyectos Matritenses. Ideas para el Madrid del siglo XXI”

 

 

 

 

Last Updated ( Thursday, 13 May 2010 10:19 )